TREINTA Y UNO

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El reloj marcó las doce en punto y mientras que en noche se asomaba una bruma densa, Hange salía a arrastras de la puerta trasera. Los invitados festejaban y se regocijaban en su alegría, sin embargo el verdadero caos se estaba formando en sus narices puntiagudas.

Moblit apareció desde la oscuridad y en eso, el gesto de su amiga y compañera, cambió por completo. Sus cejas se relajaron y se desvincularon de esa expresión de enojo que llevaba consigo.

-¡Una especial felicitación a Moblit! -exclamó Zeke recargando su brazo sobre los hombros de ese chico -si no fuera por él, nada de esto sucedería... es un especial bocón.

-Moblit... -Hange susurró.

El supuesto hombre noble, mostraba una angustia y arrepentimiento en su mirada que sólo su más fiel conocida podía entender.

-Lo siento.

Ella jamás se lo perdonaría.

Mientras tanto, los zapatos de la señorita Arlert pisoteaban los escalones con rencor, sin embargo, encontrándose con una angustia que trataba de ocultar bajo odio.

La hora aproximó con ella un aire frío y la poca iluminación, le facilitaba mucho más cosas de Zeke y Armin, quienes confiados por su plan, poco se percataron de hacerlo de forma sigilosa. Tan confiados y audaces, quizás también, podría ser su última noche.

-Fíjate que esa no nos interrumpa -Zeke habló, detonado en su tono de voz un cierto rencor y repugnancia.

La castaña se encontraba con las manos atadas en su espalda baja, esto le impedía poder defenderse o siquiera resistirse, pero ¿Por qué lo haría? ya no tenía ningún motivo para hacerlo. Hange subió a un carruaje, pero, fue hasta voluntario, quizás en el fondo creía que lo merecía.

La resignación en su cuerpo, la hacía experimentar sensaciones extrañas y ajenas así misma. Ella, quien se había considerado una persona valiente y que le hacía frente a sus problemas, se veía en una pura contradicción.

-Espero viajar en barco de noche sea de tu agrado, Hange -Zeke comentó con una sonrisa filosa y gozadora.

La castaña agachó su cabeza y entró antes que esos dos cómplices.

Moblit así detuvo en seco, mirando como su amor no correspondido, se marchaba. Él era el culpable de esto, nadie más que él, sino hubiera sido por su bocota, Hange estaría bien. Pero su envidia y su sentimiento de desesperación, lo hizo tomar medidas incorrectas.

Y ahora, que el tiempo avanzaba mucho más rápido de lo que debería, Berner se definía a sí mismo, en su interior, como un mal hombre y los hombres malos, nunca tienen un buen final.

El arrepentimiento, la duda y el odio, era una mala fusión.

Dada vueltas sobre el jardín, tomando su frente y su cabello, tratando de arrancarlos de su cabeza. Tal sensación, terminaría por convertirse en una acción.

Y fue ahí donde supo lo que debía hacer.

No soy un mal hombre.

Se repetía.

Buscó a la señorita Arlert, ella debería saberlo. Era la única opción, la única salvación.

La encontró luego de un tiempo en la planta alta, vagando por los pasillos con un rostro perdido.

-(n)... -él le dijo y se acercó lo suficiente -Hange está en problemas.

-¿Hum? -pronunció confundida después de la situación que habían tenido anteriormente.

KAOS| Hange ZoëHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora