VEINTINUEVE

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 El vacío en sus manos fue completado por el de otra en un suspiro y mientras en la mente de Hange recorría la frustrante pregunta del qué decir, la chica frente a ella le sonrió para tratar de calmarla, guiando su cuerpo para que con un simple gesto la invite a sentarse al borde la fuente. Sin embargo, a estas alturas quitar los nervios dentro de su ser era tan imposible como imaginarse un mundo en donde no la ame. 

—La noche está hermosa, ¿no crees, Hange? —dijo de repente para sumergir la yema de sus dedos en el agua congelada. 

(n) levantó su cabeza y observó el cielo estrellado, disfrutando el absoluto silencio y la paz que le generaba estar lejos de todos, pero sentirse cerca de Zoe. Lo único que se dedicó a hacer fue a observar cómo su cuerpo se relajaba, respirando de forma tranquila y cerrando sus ojos. Sus largas pestañas temblaban, tratando de encontrar en ella un mínimo de valor.

—¿Por qué su silencio, Zoë? —preguntó entre suaves risas.

La castaña suspiró y con sus cortas uñas rascó su nuca. 

—Supongo que es por el motivo de nuestra distancia. 

—¿Cuál? —cuestionó. 

—Esta —le respondió y la miró —, su enojo… mejor dicho mi enojo —corrigió —, habla por sí solo.

—¿Qué quiere decir? —la sonrisa traviesa salió de sus labios. Obviamente entendía, solo quería escucharla y explicar.

—Lo siento —lo dijo luego de quedarse unos segundos pensando si aquello era lo correcto. Agachó la mirada y se sumergió en su pena —, debe creer que soy un tanto imprudente cuando de sus emociones se trata.

Ackerman negó con su cabeza y se acercó un poco más a Hans, quien solo relajó sus hombros cuando sintió como dejaba ser sus manos sobre las suyas. Aquel contacto le hizo entender lo necesario. 

—Jamás creería eso de ti, mi amor —el apodo sonó bajo al decirlo, como si quisiera que ni siquiera el viento lo oyera. Nadie más que la dueña de el. 

—Entonces…¿No me odia? 

—¿Por qué lo haría? —su ceño se frunció con confusión, pero en el silencio de Zoë pudo entender lo su mirada apenada quería comunicar —. Hange, Hange, Hange —repitió con un ligero tono burlesco —, ni en un millón de años podría enojarme contigo… lo sabes, ¿verdad? 

—Tiene derecho a hacerlo. 

—No lo quiero ni ahora, ni en otra vida —sus pies tocaron el pasto, extendiendo de mano a la persona que en ese momento estaba frente a ella —. Ven, Hange… tengo una idea. 

Confiada, se dejó llevar por las emociones que recorrían su cuerpo.

—¿Dónde iremos?

—¿Confías en mí? 

—Más que en cualquier otro ser humano.

Antes de arrastrarla por todo el jardín trasero le regaló una tímida sonrisa que fue acompañada con el sonrojo en sus mejillas. El calor en ella, hacía juego con la brisa fresca y la inexistente presencia de otra cosa que no sean árboles. Las lámparas hacían un suave reflejo sobre el suelo, al menos proporcionando algo más de luz que no sea la de la luna.

Hange miraba atentamente cada parte del terreno cómo si jamás  lo hubiera visto y es que la realidad era así. Solo era una amiga desde las puertas para afuera, realmente jamás tuvo la suerte de poder entrar y recorrer la mansión. 

—Lo sé —rompió el silencio —, Armin quiso expandir el jardín antes de nuestro casamiento…

—¿Y eso por qué?

KAOS| Hange ZoëHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora