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Minho dejó su todoterreno en una de las plazas reservadas del aparcamiento de Partido de Playa.

- He llegado, chicos - Informó a los policías que le seguían por el micro – Voy a entrar.

En el aparcamiento había un montón de adolescentes, mucho ruido y mucha actividad. Los chicos recorrían la zona con sus coches, presumiendo ante las chicas. Ellas, que se movían en grupitos, coqueteaban con ellos descaradamente. En las zonas más oscuras, las parejas aprovechaban para magrearse dentro de los vehículos aparcados. Por lo general, a Minho los adolescentes le divertían, pero esa noche prácticamente ni siquiera les prestó atención. Adelantó la cola que esperaba en la entrada y fue directo a la puerta principal del lugar. Daniel, que estaba de portero, le dejó pasar.

Dentro, una voragine de destellos de luces de colores, cuerpos que bailaban al ritmo de la música a todo volumen y voces que hablaban a gritos le dieron la bienvenida. Ese era el mundo de los jóvenes; allí los adultos no pintaban nada.

Minho saludó a uno de los camareros y bordeó el perímetro de la barra. Las quinceañeras flirteaban con él, mirándole fijamente o haciendo posturitas. Siempre le ocurría lo mismo y, consciente de sus frágiles egos, al pasar por su lado les decía que no con la cabeza, con actitud resignada. Una parte de su cerebro se concentraba en actuar como si todo fuera bien, mientras que el resto de su conciencia se centraba en encontrar a Jisung y salir de allí.

Al final de la barra, una puerta marcada con el aviso SOLO EMPLEADOS daba acceso al despacho de Nathan.

- Empieza la fiesta - murmuró Minho a sus colegas al otro lado del micro. Empujó la puerta y entró.

El vestíbulo tenía forma de T. En el extremo izquierdo estaba el despacho de Nathan; el derecho llevaba a la cocina. «Si me están esperando, estarán al final el vestíbulo», se dijo. Avanzó con rapidez y giró a la izquierda, como si nada malo pudiera ocurrir. Frente a él apareció uno de ellos, apuntándole con una 44, pero el sonido inconfundible de un percutor empujado hacia atrás sorprendió a Minho por la espalda.

- Eso es. Te estoy apuntando a la cabeza. Pon las manos donde pueda verlas y vuélvete muy despacio- la voz parecía más propia de un cantante que de un matón.

Minho obedeció, al volverse, se topo con Tyree, otro de los hombres de Wang.

-¿Qué hay Tyree? Jackson me ha pedido que viniera a recoger los recibos de esta noche.

-¿Ah, sí? Pues a mí me ha dicho que viniera a recoger a un don nadie - dijo Tyree con una leve sonrisa - Tú, regístrale.

Como se esperaba algo así, había dejado sus dos pistolas a Chris; le había dicho que prefería que se las quedara él en lugar de los matones de Wang. Cuando vieron que estaba limpio, Tyree se sorprendió.

- Pero si normalmente vas armado... - dijo el hombre.

- Sí, pero no esperaba tener problemas esta noche - contestó Minho.

- Vamos al despacho de Nath. Este pacifismo tuyo tan repentino me resulta sospechoso.

Los tres hombres caminaron los pocos metros que los separaban del pequeño despacho al final del pasillo. En él había el espacio justo para una mesa, una silla, un archivador y un asiento para las visitas.

- Regístrale por si lleva micros - ordenó Tyree a su secuaz.

El otro tipo sacó un detector del primer cajón del archivador. Al pasarlo por el torso de Minho, el aparato emitió una señal.

- Si... - dijo, y se sacó la cartera del bolsillo para extraer el pequeño micrófono plateado que parecía una pila de litio y dárselo.

El hombre lo echó en un vaso que había sobre la mesa del despacho y que parecía lleno de ron.

Bad Boy Donde viven las historias. Descúbrelo ahora