Capitulo 14: El peso de la corona

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​— Buenos días.

​Saludé al entrar al departamento con una voz gélida que cortó el aire de la oficina como un bisturí. Me dirigí directamente a mi área de trabajo, sintiendo las miradas clavadas en mi nuca. El ambiente estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara.

​Allí estaban ellos: Yongui y Vincenzo a un lado; Félix y Hoseok al otro extremo. La tensión era un muro invisible que nos separaba. Hacía dos días de aquel encuentro fatídico en mi antiguo departamento, y el silencio ya no era una opción. Les debía la verdad, o al menos, la parte de la verdad que no los pusiera en un peligro mortal.

​Tomé un sorbo de mi capuchino, sintiendo el calor quemarme la garganta, y me senté con los chicos.

​— Debemos hablar — solté, dejando la taza sobre la mesa con un golpe seco.

— Lo sabemos — respondió Vincenzo, cruzándose de brazos —. Pero si no estás seguro de abrir esa caja de Pandora, Jimin, lo entendemos. No tienes que forzarlo.

— Les pedí que me ayudaran a cazar a Red Bunny — dije, mirando a cada uno a los ojos —. Les debo saber por qué no apreté el gatillo cuando tuve la oportunidad.

​Se acomodaron en sus asientos, el murmullo de la oficina desapareció para nosotros.

​— Jungkook... Jeon Jungkook. Fuimos mejores amigos de niños. Nuestras familias no solo eran cercanas; eran espejos. El negocio de su padre era la mafia, igual que el del mío. Crecimos entre promesas de lealtad y juegos de guerra. Le juré que nunca nos separaríamos, que nos cuidaríamos siempre. Éramos dos niños destinados a heredar imperios, pero el destino tiene un sentido del humor retorcido.
​Hice una pausa, sintiendo el nudo en la garganta.

— Nuestros padres fueron asesinados por la misma mano. Mi madre, mi hermano y yo huimos para sobrevivir. La última vez que hablé con él, juramos reencontrarnos. Pero entonces llegó la noticia: Jungkook y su madre habían sido ejecutados. Pasé años buscándolo en secreto, alimentando la esperanza de que su muerte fuera una fachada para protegerse del Ruso. Pero el tiempo pasó, y el silencio me convenció de que estaba bajo tierra.

​— ¿Y ahora vuelve convertido en el criminal más cazado del país? —preguntó Yoongi con una mueca de incredulidad.

— Exacto. El hecho de que Red Bunny sea ese niño complica todo. No es solo un mafioso; es el hombre que maneja los hilos de la droga y las armas en medio continente. Y para colmo... —bajé la voz — nos acostamos. Mezclé el placer con el deber de la peor forma posible.

​Vincenzo soltó un silbido bajo.

— Si el FBI descubre que el Agente Estrella tiene una historia de sábanas y promesas infantiles con el enemigo público número uno, no solo pierdes la placa, Jimin. Van a escarbar tanto que encontrarán a Kitty Gang enterrada en tu jardín.

​— Lo sé. Por eso no puedo matarlo ahora, y tampoco puedo arrestarlo sin que todo mi mundo vuele en pedazos. Mis padres no querrían que nos matáramos entre nosotros, pero Jungkook no se va a quedar quieto. Va a intentar recuperarme, va a intentar sabotearme. Debo estar un paso por delante. Él no sabe que yo soy Kitty Gang, y esa es la única ventaja que me queda.

​Tras la explicación, el pacto fue silencioso: vigilancia absoluta y discreción total. Pero yo necesitaba algo más. Necesitaba que este edificio supiera quién mandaba. ​Me puse en pie y llamé a Félix.

— Reúne a todo el personal en el área central. Ahora.

​Minutos después, decenas de oficiales y administrativos estaban frente a mí, murmurando con confusión. Me paré frente a ellos con la autoridad de quien ha nacido para gobernar.

​— Buenos días a todos. Supongo que se preguntarán qué hace el oficial Park dándoles un discurso —
comencé, recorriendo la sala con una mirada que hizo que varios bajaran la cabeza —. He estado observándolos. He visto quién trabaja, quién holgazanea y quién esconde secretos. A partir de este momento, todos están bajo mi mando directo. Soy el nuevo jefe y encargado de este departamento.

​Los murmullos estallaron como pólvora.

— Todo lo que entre o salga de estas oficinas, cada investigación y cada bala disparada, debe ser autorizado por mí. Si yo no estoy, informarán a estos dos hombres — señalé a Vincenzo y Yoongi, que lucían como dos verdugos a mis costados —. No tolero errores, no acepto quejas y, sobre todo... odio a los traidores. El que no esté de acuerdo con mi liderazgo, la puerta del ascensor está abierta. Pueden irse ahora o atenerse a mis reglas.

​El silencio que siguió fue absoluto. Nadie se movió. Había ganado esta ronda. Volví con los chicos, sintiendo una pequeña chispa de triunfo.

​— Vaya... qué discurso, Park — se burló Yoongi —. Casi me mojo los pantalones de la impresión.

— No hables mierda, Min. Si Red Bunny ya conoce mi identidad como agente, no tiene sentido seguir fingiendo que soy un subordinado más. Ahora soy el Rey de este tablero, y así es como jugaremos contra el Ruso.

​— El plan del Ruso se acerca — dijo Vincenzo, recuperando la seriedad —. No será fácil. El lugar estará infestado de mafiosos y mercenarios. Un solo error y terminaremos en bolsas de plástico.

— Lo sé — asentí, sintiendo el peso de la placa en mi pecho y la oscuridad de mi pasado en el alma —. Asegúrense de tener a los encargados del evento en nuestro bolsillo. El Ruso solo nos dará una oportunidad para atraparlo, y no pienso desperdiciarla por culpa de un fantasma que regresó de entre los muertos.

​Me senté frente a mi monitor, pero mis ojos se desviaron a un pequeño paquete que acababan de dejar en mi escritorio sin remitente. Al abrirlo, encontré un pequeño pastelito de arroz... un Mochi.

​Apreté los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. Jungkook estaba marcando su territorio dentro de mi propia fortaleza. La guerra no solo era contra el Ruso; la verdadera batalla acababa de empezar en mi propia oficina.

𝐊𝐧𝐨𝐰𝐢𝐧𝐠 𝐥𝐨𝐯𝐞 𝐢𝐧 𝐚 𝐫𝐞𝐯𝐞𝐧𝐠𝐞Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora