Capitulo 2: El arte de la extracción

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El despertador llevaba cinco minutos taladrándome el cráneo antes de que lograra estirar el brazo para apagarlo. Normalmente, a las cinco de la mañana ya estaría trotando por el asfalto de Seúl, pero hoy mi cuerpo decidió declararse en huelga. Me quedé pegado a las sábanas hasta las siete, debatiéndome entre el deber y el cansancio, hasta que recordé que, aunque fuera el Gerente y pudiera llegar cuando me diera la gana, debía mantener las apariencias.

​Tenía que seguir engañando a todos con que solo era un compañero más en ese nido de ratas corruptas; la puntualidad era mi mejor disfraz. Cuando finalmente logré arrastrarme al baño, un pinchazo agudo en la parte baja me recordó exactamente por qué estaba tan agotado. Solté un bufido de dolor al intentar sentarme con cuidado.

​— Maldita sea... — susurré entre dientes, apoyándome en la pared —. Maldito animal.

​Dicen que todo placer extremo tiene un precio de sangre, y Jungkook me había pasado una factura bastante alta. Tenía el cuerpo marcado y el orgullo un poco magullado, pero no podía negar que el tipo manejaba su fuerza con una maestría letal. Me duché con agua helada para obligar a mi sistema a despertar, me enfundé el uniforme con movimientos lentos y precisos, aseguré mi placa y mi Smith & Wesson, y salí rumbo al departamento.

​Al llegar, Yoongi ya me esperaba con un café negro. Fuimos al balcón para hablar en privado antes de que el edificio se llenara de hipocresía. Me senté en uno de los bancos de metal con una cautela exagerada, intentando que mi rostro no traicionara el dolor que sentía. Yoongi, que tiene un doctorado en conocerme, soltó una carcajada seca de inmediato.

​— Deja de reírte, idiota — le espeté, dándole un sorbo al café amargo.

​— Es que es ridículo — dijo él, negando con la cabeza —. Te sientas como si acabaras de sobrevivir a una explosión. ¿Tan duro te dio ese tipo?

​— Cállate. No tiene gracia. Justo cuando estaba por tocar el cielo, decidiste que era el momento ideal para gritarme al oído por el microauricular. Me cortaste la adrenalina de la peor forma posible.

​— Es una misión, Jimin, no un retiro espiritual. Deberías localizarlo y pedirle la revancha para que dejes de caminar como un pingüino herido.

​— No tengo su número. Ni siquiera sé su nombre — confesé, intentando cruzarme de piernas y arrepintiéndome al instante —. Ya sabes mi política: impacto directo y retirada. No repito plato, por muy adictivo que haya sido.

​— Me estás jodiendo — Yoongi me miró con incredulidad —. ¿Follaste con una sombra y ni siquiera le pediste el nombre? Eres un caso perdido, Park.

​Nuestra charla se cortó cuando las radios empezaron a escupir estática. Un asalto bancario en curso a pocas calles. Dejamos los cafés y nos equipamos en tiempo récord. Yoongi insistió en que me pusiera el chaleco antibalas. Normalmente confío en mi instinto, pero hoy, con el cuerpo resentido, acepté el peso extra sobre el pecho.

​Llegamos a la escena en menos de diez minutos. Varias patrullas rodeaban el banco y el aire vibraba con la indecision de los oficiales novatos que no se atrevían a dar el primer paso. Uno de ellos se acercó a mí, sudando frío.

​— Oficial Park, qué bueno que llegó. No queríamos proceder sin usted; necesitamos que dirija el operativo. Hay cuatro asaltantes armados dentro.​Lo miré con un desprecio gélido.

​— ¿Cuatro tipos? ¿Y para esto me hacen perder el tiempo? ¿Acaso no pueden manejar a cuatro delincuentes de poca monta sin que yo les tome la mano? — solté con sarcasmo —. Miren y aprendan, novatos. Y abran bien los ojos, porque si reciben un balazo, no esperen que los cargue a la ambulancia.

​Entramos en formación. El silencio del banco era sepulcral, roto solo por el llanto de algún rehén. Tres... dos... uno.

​— ¡FBI! ¡Suelten las armas y pongan las manos donde pueda verlas! — mi voz tronó en el vestíbulo, autoritaria y cargada de una furia que necesitaba desahogar.

​— ¡Mierda, es la federal! — gritó uno de ellos, empezando a disparar a ciegas.

​— ¡Todos al suelo! — ordené a los civiles mientras me cubría tras una columna de mármol. Yoongi me cubría los flancos con la precisión de un francotirador.

​— ¡Bajen las armas y salgan, cobardes! — les grité sobre el ruido sordo de las detonaciones.

​— ¡Parece que el oficial tiene ganas de morir hoy! — gritó uno de los atracadores desde el fondo.

​— La fiesta apenas empieza, imbécil — respondí, asomándome lo justo para disparar una ráfaga que les voló los vidrios de la oficina trasera —. ¿Por qué mejor no se entregan antes de que pierda la paciencia y vaya a buscarlos personalmente?

​Intentaron huir por la salida de emergencia. Uno de ellos, el más ruidoso, intentó cubrir la retirada disparando ráfagas desesperadas. Esperé el momento exacto, ignorando el dolor en mi cadera. Un solo disparo limpio de mi parte fue suficiente para destrozarle el muslo derecho. El tipo cayó al suelo gritando de agonía mientras sus compañeros lo abandonaban, subiendo a una camioneta que arrancó quemando neumáticos.

​Me acerqué al hombre que se retorcía en el suelo, rodeado de un charco de sangre. Uno de los oficiales le quitó el arma mientras yo lo observaba desde arriba, con una sonrisa que no llegaba a mis ojos.

​— Vaya, qué lástima. Yo quería bailar un poco más contigo — le dije, burlón —. Tendré que buscarme a otro para celebrar.

​El tipo, con los ojos inyectados en rabia, me miró con puro odio y me escupió en la cara. El asco me recorrió, pero mi reacción fue mecánica. Le propiné un culatazo seco con mi arma directamente en la boca, rompiéndole el labio y haciéndole tragar sus propios insultos.

​— Conmigo no juegas, basura — le susurré al oído mientras los oficiales lo levantaban bruscamente —. Me voy a asegurar de que tu estadía tras las rejas sea una pesadilla inolvidable.

​Lo sacamos de allí bajo custodia directa. Ahora lo llevaríamos a la sala de interrogatorios. Más le valía hablar por las buenas, porque hoy no estaba de humor para seguir las reglas del manual.

Yongui

Yongui

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𝐊𝐧𝐨𝐰𝐢𝐧𝐠 𝐥𝐨𝐯𝐞 𝐢𝐧 𝐚 𝐫𝐞𝐯𝐞𝐧𝐠𝐞Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora