capitulo 20: Besos de sangre

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El grito fue apenas un eco comparado con el estruendo seco y metálico del disparo. El tiempo se fracturó. Sentí el impacto antes de procesar el dolor; una quemadura líquida y voraz que me atravesó el pecho en el instante en que rodeé el cuerpo de Jimin con mis brazos. Lo giré con la fuerza de la desesperación, usando mi espalda como escudo humano.

​Por un segundo, creí que el mundo se apagaba. Pero entonces, por encima de mi hombro, vi el destello de otra arma. Jimin, con una velocidad sobrehumana, había desenfundado y disparado. El guardaespaldas que me había herido recibió el plomo directamente en la sien y se desplomó como un fardo de carne inerte.

​El pitido en mis oídos era ensordecedor, pero mi mente solo buscaba una cosa: el latido de Jimin. La humedad en mi camisa se extendía rápidamente, una mancha cálida y pegajosa que delataba el agujero en mi costado. No era mi primera bala, y probablemente no sería la última. He sobrevivido a infiernos peores, así que un trozo de plomo en el pecho no iba a detenerme.

​— ¿Estás bien? ¿Te hirió? — le pregunté, mi voz saliendo un poco más ronca de lo normal mientras escaneaba su cuerpo con urgencia.

​— No... estoy bien — respondió él. Su tono era una cuchilla de hielo, seco y cortante. Ni un rastro de gratitud, solo esa rigidez defensiva que tanto me volvía loco.

​— Gracias al cielo — suspiré, intentando tocar sus hombros para asegurarme de que no hubiera sangre oculta.

​— Estás herido, Jeon — dijo él, mirando la mancha roja que crecía en mi traje negro.

​— Descuida, no es nada. Lo importante es que tú estás intacto.

​Intenté acercarme, pero Jimin me sujetó las muñecas con una fuerza sorprendente y me apartó de un golpe, retrocediendo dos pasos como si mi tacto lo quemara.

​— Debo irme — sentenció, esquivándome para avanzar por el pasillo.

​— Espera. ​Se detuvo y me lanzó una mirada cargada de veneno.

— ¿Qué quieres ahora? ¿Que te dé las gracias por recibir la bala? Olvídalo. Es tu culpa por meterte donde nadie te llamó. Arruinaste el perímetro.

​— Eres cruel, Jimin... — sonreí a pesar del dolor punzante en mis costillas.

​Él me ignoró por completo. Avanzó hacia la puerta al final del pasillo, la misma por la que el Russo debería estar escapando. De una patada limpia y brutal, la puerta voló de sus bisagras. Dios, ahórcame con esas piernas, por favor, pensé mientras lo seguía, fascinado por la potencia de sus movimientos.

​Pero la habitación estaba desierta. Solo el rastro del fracaso: una mesa de cristal con restos de droga y el eco de una huida precipitada. El Russo se nos había escapado entre los dedos.

​— ¡Maldito bastardo asqueroso hijo de puta! — gritó Jimin. Su rabia estalló. Comenzó a destrozar lo que quedaba en la habitación, pateando los muebles con una furia ciega. Cuando sus ojos se clavaron en mí, supe que yo sería el saco de boxeo.

​— ¡Esto es tu maldita culpa! ¡Lo arruinaste todo! — antes de que pudiera reaccionar, Jimin me asestó dos golpes secos en la mandíbula.

​El impacto me hizo girar el rostro. El dolor fue agudo, pero ocurrió algo extraño: una descarga de adrenalina y deseo me recorrió la espina dorsal. Me excitó. Nadie en este maldito planeta se atrevía a tocar a Red Bunny sin morir en el acto, pero Jimin... Jimin me golpeaba y yo solo quería más. Estaba loco, oficialmente perdido por este demonio.

​— ¿De qué mierda te ríes, imbécil? —rugió él, viendo la sonrisa sangrienta en mis labios.

​— Mierda... los golpes te van bien —logré decir —. Pero, ¿no tienes algo más sexy? ¿Como una Beretta?

​En un movimiento borroso, Jimin sacó su arma y me la puso en la frente. Escuché el clic metálico. No tenía el seguro puesto. El juego acababa de subir de nivel.

​— ¿Te parezco más sexy ahora? —susurró, pegando su rostro al mío.

​— Baja eso, Tigre... no es un juguete.

​— Cierra la puta boca.

​— ¿No te enseñaron que con esto no se juega? — toqué el cañón con la punta del dedo —. Tienes que ser más creativo, Park.

​Me tomó de las mejillas con una mano, obligándome a abrir la boca con una fuerza bruta, e introdujo el cañón del arma entre mis dientes. El sabor frío y aceitoso del metal inundó mis sentidos.

​— ¿Esto te parece más sexy, uhm? —sus ojos ardían con una mezcla de odio y una intensidad que me hizo temblar de anticipación. La adrenalina era casi insoportable; saber que podía morir en un segundo si él apretaba el gatillo era la droga más fuerte que jamás había probado.

​— Te lo diré una última vez —continuó él, su voz vibrando contra mi boca —. No te metas en mis asuntos. No te voy a agradecer nada. Lárgate de mi vida y desaparece. Si te vuelvo a ver cerca de mis planes, te mato. Y esta vez lo digo en serio.

​Sacó el arma de mi boca y la guardó en su espalda. Se sentía tan amenazante y, a la vez, tan malditamente tierno ante mis ojos que no pude contenerme. Antes de que se fuera, lo tomé de la muñeca y lo estampé contra la pared. Estrellé mis labios contra los suyos en un beso desesperado y violento.

​Se resistió, luchó, pero yo no cedí. Introduje mi lengua, reclamando su boca como si fuera mi territorio. Tras unos segundos de batalla, sentí cómo su cuerpo se relajaba por un instante, cediendo a la inercia del deseo. Bajé mis manos hasta sus glúteos y los estrujé con posesión. Jimin soltó un gemido que fue devorado por mi boca.

​Entonces, el dolor regresó. Jimin me mordió el labio inferior con la saña de un animal, casi arrancándome un trozo de carne. El sabor metálico de mi propia sangre inundó nuestras bocas. Me empujó con tal fuerza que retrocedí varios pasos, y antes de que pudiera recuperarme, me propinó otro puñetazo que terminó de romperme el labio.

​Pero no terminó ahí. Lanzó una patada baja, directa a mi entrepierna.

​— ¡AGH! — caí de rodillas, el aire escapando de mis pulmones mientras me encogía de dolor en el suelo. Esa sí me había dolido hasta el alma.

​— ¡Tan difícil...! ¡Justo como me encantan! — logré jadear entre quejidos, con la frente apoyada en el frío mármol.

​— ¡En tu puta vida me vuelves a besar, idiota hijo de puta! — gritó él, limpiándose la boca con el dorso de la mano, aunque sus ojos todavía brillaban con el resto del beso.

​— SÍ... bien que te gustó. No lo niegues... — reí débilmente, esperando que mis futuros hijos todavía tuvieran una oportunidad de existir.

​— Eres lo peor. Te detesto. Ahí nos estamos viendo, Jeon... eso si vuelves a caminar, porque la próxima vez te parto las piernas.

​Se dio la vuelta y se perdió por el pasillo con paso firme. Me quedé allí, solo, herido, sangrando y con un dolor insoportable en mis partes nobles, pero con una sonrisa de victoria en el rostro.

​— Mierda, Jimin... casi me dejas sin descendencia. Pero volverás a ser mío, pequeño tigre. Lo juro.

​Cuanto más difícil es la presa, más se obsesiona el cazador. Y yo estaba dispuesto a quemar el mundo entero con tal de domar a ese demonio con cara de ángel. El juego apenas estaba comenzando.

𝐊𝐧𝐨𝐰𝐢𝐧𝐠 𝐥𝐨𝐯𝐞 𝐢𝐧 𝐚 𝐫𝐞𝐯𝐞𝐧𝐠𝐞Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora