Capitulo 2

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—Mamá, ¿cuándo conoceré a mi abuelo? —pregunta Leah con la inocencia que solo un niño puede tener, mientras observa fijamente la vieja foto de mi padre colgada en la pared.

Abro la boca para responderle, pero el sonido del ascensor interrumpiendo el silencio me obliga a detenerme. Las puertas se abren revelando a una enfadada Stefany. Lleva un vestido blanco de tirantes, su cabello rubio y ondulado cae libre sobre sus hombros mientras sus tacones resuenan contra el suelo con cada paso decidido.

Sin embargo, se detiene en seco al ver a Leah. Sus ojos marrones verdosos se fijan en mi hija, luego en mí, y de nuevo en Leah. En apenas un parpadeo, veo cómo su expresión cambia: sorpresa, incredulidad... y finalmente furia. Sus ojos se abren como platos mientras las piezas en su cabeza encajan por sí solas, tal y como suele hacerlo—sacando sus propias conclusiones sin preguntar.

Me lanza una mirada fulminante. Ya sé lo que viene.

—¿Quién eres? —pregunta Leah con desconfianza, acercándose lentamente pero sin soltarle la mirada.

—Stefany White, ¿y tú, muñeca? —responde Stefany con una sonrisa falsa mientras se agacha a su altura.

—Leah Hunter... ¿sabías que es de mala educación entrar a casas ajenas como si fueran tuyas? —responde Leah con los brazos cruzados, frunciendo el ceño como si tuviera diez años más.

—Se parece a ti —dice Stefany, mirándome con una mezcla de incredulidad y reproche. Me limito a encogerme de hombros, sin darle más explicaciones.

—Cariño, es como mi casa —añade con una risita, revolviéndole el cabello con la mano como si fuera una mascota.

Oh, no.

Leah se queda congelada por un segundo, pero su ceño se arruga más. Odia—detesta—que la traten como si fuera una niña tonta, y que Stefany lo haya hecho sin conocerla... no augura nada bueno. Puedo ver la tormenta formándose en esos ojos azul hielo.

—Pero no lo es... no es tu casa —responde Leah con una calma firme, tan madura que por un segundo me deja sin aliento—. Yo soy la dueña, y no me gusta que desconocidas entren como si fuera suya, cuando las únicas con ese derecho somos mi mamá y yo.

La sonrisa de Stefany se desdibuja al instante. En su lugar aparece una mueca entre sorprendida y molesta. No puedo evitarlo: suelto una carcajada que retumba por todo el penthouse. Stefany parpadea, estupefacta, sin saber cómo reaccionar ante el pequeño terremoto que es mi hija.

—Tiene tu carácter —murmura, acercándose a mí con la voz más baja y una ceja arqueada.

Ya es hora, supongo. Leah merece saber la verdad, aunque preferiría mil veces mantenerla en ese mundo simple donde solo existimos ella y yo. Pero después de lo de hoy, está claro que eso ya no es posible.

—Cariño, ella es tu tía —digo con suavidad, casi temiendo la reacción.

Leah se acerca con paso lento, la mirada fija en Stefany como si la analizara con rayos X. Sé exactamente lo que está haciendo: comparando. Buscando respuestas que yo no le he dado. Pero entre nosotras dos no hay ningún parecido. Stefany y yo somos como el sol y la luna. Ella lo nota. Frunce el ceño y por un segundo creo que va a montar una escena.

Pero en lugar de eso, sonríe y se lanza a sus brazos para abrazarla como si cinco minutos antes no hubiera estado dispuesta a echarla del edificio.

Definitivamente. Bipolar.

Después, las dos empiezan a hablar como si fueran viejas amigas. Leah le cuenta a Stefany todo sobre nuestra vida en Londres, lo que hacíamos, cómo nos divertíamos. Stefany le hace preguntas, completamente ajena a que hace unos minutos estaba lista para gritarme, como siempre que se enfada conmigo. Agradezco la distracción que me da mi hija.

El amor es....(ADDD)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora