Capítulo 1

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Ayer volví a Nueva York. Stefany tenía razón: ya era hora de que me hiciera cargo de la empresa que mi padre me heredó. Durante estos cuatro años, pensé en muchas cosas, en muchas alternativas. Hubo ocasiones en las que consideré hacer de la sucursal de Londres la principal, pero al final me di cuenta de que mi padre realmente quería que estuviera aquí, en Nueva York. Pensé en lo que significaba quedarme en este lugar, en cómo la vida se había detenido durante todo este tiempo. Estos años fueron como unas largas vacaciones forzadas, pero no solo físicas, sino también emocionales.

Pensé mucho, tal vez demasiado. Durante este tiempo, muchos investigadores de seguridad me pidieron respaldo en sus trabajos. Encontrar tecnología avanzada para mejorar la seguridad de las personas se convirtió en una de las principales demandas que atendía. Mi empresa no es solo guardaespaldas; no se limita a proteger vidas, sino que abarca todo lo relacionado con la seguridad: cámaras, detectores de movimiento, vigilancia avanzada. La protección es el núcleo, el principio fundamental. Y es precisamente por eso que ahora me encuentro en la inauguración de nuevas obras de arte en la galería Agora Gallery. Algunos de los interesados en nuestras soluciones de seguridad están aquí, rodeados de arte, pero también de secretos, de intereses ocultos, tal vez como yo, con algo que guardar.

Me detengo frente a una pintura de arte abstracto. La miro con curiosidad, tratando de entender por qué algo en ella me provoca una sensación extraña. Observo con detenimiento, mis ojos siguen las formas caóticas, los trazos que parecen no tener sentido. Pero algo en el fondo me habla. Son dos manos, alejándose lentamente, como si el destino las separara en contra de su voluntad. Lo único que las une es el roce de sus dedos, frágil, casi inexistente. El resto es vacío. Vacío que apaga lo que pudo haber sido, que lo disuelve todo.

—¿Qué es lo que ve en el cuadro, señorita Hunter? —una voz femenina me arranca de mis pensamientos.

Me giro, algo tensa, sin prepararme para el peso de la conversación que podría venir. Al principio no la reconozco, pero cuando la miro detenidamente, la figura de Aida, la psicóloga de Derek, se vuelve clara. Ella está allí, vestida con un vestido rojo largo, elegante y atrevido, con un colgante de diamante en forma de corazón. Esa piedra resplandece con una intensidad que parece desafiar todo lo que está pasando dentro de mí.

—Supongo que son una pareja, separándose en contra de su voluntad, pero no hay alternativa. Por mucho que luches, no se pueden unir —mis palabras fluyen sin poder evitarlo. Ni siquiera soy consciente de lo que estoy diciendo, pero cuando las oigo, siento un nudo en el estómago. Son la verdad, la verdad que he estado evitando todos estos años.

Aida no sonríe. Su rostro se mantiene serio, casi triste, como si todo lo que acabo de decir fuera una especie de confirmación de algo que ya sabía. Su mirada se endurece, como si estuviera esperando a que yo lo reconociera. Y lo hago. Lo reconozco todo, aunque no quiero.

—Así que la única opción, la opción que tú escogiste, fue abandonar a Derek —sus palabras me hieren como si fueran un golpe directo al corazón. Me tenso al escuchar su nombre. Es como si el sonido de esa palabra tuviera el poder de deshacerme en mil pedazos. Me aprieto los dientes, me esfuerzo por no mostrar lo que siento. Pero es imposible. No puedo evitarlo.

Aida me observa fijamente, con esa mirada penetrante, como si pudiera ver dentro de mí, como si pudiera leer mis pensamientos más oscuros. —Creía que era una mujer luchadora —su voz se quiebra ligeramente al decirlo, y aunque no lo admite, se puede escuchar la decepción en sus palabras.

No puedo evitarlo más. Me giro hacia ella, mi rostro endurecido por la ira y el dolor. Mi garganta se aprieta, mis manos tiemblan.

—No tienes derecho a juzgarme, Aida —mi voz suena más fría de lo que me gustaría. La rabia burbujea bajo la superficie, y sé que está a punto de estallar.

El amor es....(ADDD)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora