— ¡Ya basta! —grito desesperada.
Me rasco la sien con frustración. No es bueno para el bebé que me estrese, pero es imposible mantener la calma con lo que está pasando.
— Mamá, David no me deja comer tranquilo —se queja Erick, uno de los gemelos.
Suelto un suspiro resignado. Siempre es la misma historia, y ahora le toca el turno a David.
— ¡No es cierto! ¡Es culpa de papá! —dice David, señalando a su padre con el dedo.
Derek se lleva la mano al corazón, exagerando una expresión de dolor como si le hubieran hecho un gran daño.
— La culpa la tiene Leah, que se niega a comer —contraataca Derek con una sonrisa burlona.
Bufo con frustración. Mi hija observa a ambos lados, buscando a quién más echarle la culpa. Infla los mofletes y se encoge en su asiento, claramente enfurruñada al no encontrar a nadie a quien culpar. Juro que es como si tuviera cuatro hijos, y uno más en camino.
Nos sentamos a la mesa para comer, y en un abrir y cerrar de ojos, los gemelos y Derek ya se están gritando entre ellos. La comida comienza a volar por el aire.
— ¡Ya está bien! ¡Todos a comer en silencio! ¡Su madre está embarazada y necesita paz! —dice Derek, tomando por fin el rol de padre.
Los tres asienten, entendiendo la situación, y finalmente se calman. Empiezan a comer la comida que Theo y Mirta se esmeraron en preparar: pollo al horno con arroz y puré de patatas.
— Mamá, si se te ocurre salir al garaje... mejor no lo hagas —susurra Leah, asegurándose de que nadie más que yo lo escuche.
Con el ceño fruncido, asiento. Desde que nacieron los gemelos, ellos han mantenido una guerra interminable con Leah. No paran de hacerle bromas a todas horas, y la mansión en el barrio suburbano se ha convertido en su campo de batalla, donde Derek y los pocos que se dignaban a visitarnos a menudo sufrían las consecuencias. Al menos, los chicos se dignaban a avisarme de dónde colocaban sus trampas.
— Casi lo olvido, cielo, te compré algo, lo dejé en el coche, ahora vuelvo.
Derek desaparece antes de que pueda detenerlo. Leah frunce los labios, como si esperara que los gemelos bajaran. Unos segundos después, escuchamos una serie de ruidos, como si algo se rompiera o cayera.
— ¡Leah, Erick, David! —la furiosa voz de Derek retumba en la casa.
Los tres chicos se miran entre sí y, con la cabeza gacha, comienzan a caminar lentamente hacia el garaje. Curiosa, los sigo hasta allí, solo para encontrarme con Derek tirado en el suelo, completamente cubierto de algo negro. El olor y la forma en que se pega a su piel y a su más que caro traje me hacen suponer que es grasa de coche.
— ¿De dónde conseguiste esta grasa? —pregunta mi marido, su voz llena de furia.
Leah parece dudar entre decir la verdad o hacerse la tonta. Yo, por mi parte, decido no meterme.
— Fue el tío Dylan, él me la dio —murmura Leah, con una mezcla de vergüenza y satisfacción.
Derek aprieta un botón y la puerta del garaje comienza a abrirse automáticamente. Con una sonrisa maliciosa, sale fuera de la casa. Los seguimos, curiosos, mientras cruza la calle y toca el timbre de nuestro vecino de enfrente. Impaciente, espera a que le abran, y un minuto después, Dylan abre la puerta sin la parte superior de su camiseta. Intento inútilmente no mirar su six-pack, pero es imposible evitarlo.
Dylan, al ver el aspecto de su mejor amigo, palidece. Detrás de él aparece Stefany, quien observa la escena con el ceño fruncido. El pequeño Jayden se arrastra entre las piernas de su padre, mientras Derek abraza a Dylan y se restriega contra él, manchándolo completamente.
De repente, ambos se separan y comienzan a correr detrás de los niños, intentando mancharlos. Los primeros en caer son los gemelos, luego Jayden, y por último, Leah, quien se esconde detrás de mí. Los cinco chicos se acercan a mí, como una manada de fieras acechando a su presa.
— No. No. No. No —niego una y otra vez, dando un paso atrás.
Los cinco sonríen, y sin saber qué más hacer, levanto a Leah, consciente de que Derek la va a coger. La lanzo hacia él, no quiero acabar manchada de esa asquerosa grasa.
— ¡Mamá! —grita mi pequeña, mientras Derek la coge al vuelo.
Todos empiezan a rodearla y ella comienza a chillar como una posesa, pero segundos después estalla en carcajadas. Lentamente, empiezo a caminar hacia la casa de Stefany. Ese es terreno seguro. Mi corazón se detiene literalmente cuando los seis clavan sus ojos claros en mí. Sonrío, fingiendo inocencia.
— ¡Al ataque! —gritan al unísono.
Miro hacia Stefany y asiento, ella sonríe y comienza a acercarse, mientras yo llevo la mano a mi abultado vientre y hago una mueca de dolor. Los seis se detienen, con los ojos abiertos como platos.
— ¿Estás bien? —pregunta Stefany cuando llega a mi lado.
Niego con la cabeza, y Derek, preocupado, acuna mi rostro. Maldigo mentalmente, ya me está manchando la cara. Un sonido extraño llama su atención. Dirigen la vista hacia mi entrepierna, donde un líquido empieza a bajar.
— Hay que poner en marcha "bebé en camino" —murmuro adolorida.
Habíamos practicado esto tantas veces que, en este momento, lo único que son capaces de hacer es... nada. Los gemelos, Jayden y Leah gritan aterrados, mientras que Dylan y Derek palidecen. Parece mentira que sean médicos. De repente, Stefany y yo soltamos una carcajada y caemos al césped de su jardín, llorando de la risa. Sin dejar de reír, Stefany les muestra la botella de agua vacía que lleva en la mano. Derek la coge, furioso, y la tira a algún lugar, lo que solo hace aumentar nuestro ataque de risas.
— ¡A por la venganza! —grita Derek.
Los seis se lanzan contra nosotras, manchándonos mucho más de lo que en un principio pensaban. Es todo lo que siempre quise, una familia... una gran familia, con la pequeña Miah en camino.
FIN!!!
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El amor es....(ADDD)
OverigDespués del intento de asesinato que casi le cuesta la vida, Derek logró sobrevivir... pero no salió ileso. Algo mucho más valioso que la sangre se derramó ese día: sus recuerdos. Las memorias que guardaban su historia con Alex, el amor de su vida...
