Nuestro.

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Río quedó ensimismada solo podía escuchar el la risa de Elena la primera vez que la sostuvo. El nacimiento de un bebé es un momento mágico y hermoso… Aún recordaba esos bellos ojos azules, que aunque no podían percibir formas miraban más allá de la profesión de Rio. Podían, percibir su corazón.

Para Elena y Agatha Río no sólo era destrucción y muerte también era vida.

―Cariño es bellísima igual que tú. -Dijo Agatha. Río sonrió sintiendo el calor reconfortante y los fuertes latidos de su bebé. Estaba a salvo. Era fuerte y sana. No era un monstruo o una abominación como había sospechado. Era un bebé normal.

Dio un pequeño beso en su frente. Y la devolvió a los brazos de Agatha. La alegría que sentía era infinita. Nunca pensó tener una vida tan alegre y próspera como ahora.

Agatha apretó la mano de Río con su brazo libre.. Les esperaba un gran futuro

Una pequeña lagrima empapó el rostro de Río. Era tiempo de entrar a quella habitación. Sigilosa caminó por la habitación en donde estaban los recién nacidos… Dio un vistazo a una incubadora en donde un pequeño bebé con la inicial I estaba luchando por respirar por si mismo.

―Tal vez sea más lindo sin mueres en los brazos de mamá. Ambos se Irán juntos- Susurró sintiéndose un ser terrible por la atrocidad que estaba a punto de cometer.

El tiempo avanzaba y aún así Río no estaba segura de arrancar estas dos vidas.  I y A. Vaya coincidencia tan espantosa. Dio un suspiro y espero que pasara el tiempo adecuado para que la madre del pequeño pudiera sostenerlo.

―Vivirás un mes más y luego te irás.- Susurró lanzando un poco de aire por el cuarto. El pequeño se iluminó momentáneamente. Una luz dorada lo envolvió. Ahora estaba marcado por Lady Death, de la misma forma se paseó por la habitación de la madre. Una mujer castaña de largo cabello.

―Prometo ser menos cruel esta vez. -Susurró sabiendo que solo ella misma se vei y oía.

Finalmente salió de la habitación con aquel semblante triste y cabizbajo. Necesitaba consuelo. Agatha apenas despertaba de la cesárea. Río entró a verla cuando se lo permitieron y le contó como se le heló la sangre al pensar que podía haber sido su familia.

―Cariño… Iker y yo estamos bien. – Susurró Agatha.―Sé que no es un trabajo que puedas dejar, pero después de esta tarea. Quiero que te tomes un descanso. Quiero cuidarte tal como haces con nosotros.

―Me he ablandado. Ya no soy aquel ser despiadado que amaba las muertes. Me has convertido en una burla. -Se quejó

―Es la maternidad, mi cielo. Yo también me preocupo por nuestros hijos. Tal vez seamos incomprendidas, pero tenemos corazón.

―¿Me puedes dar un abrazo?

―Todos los que quieras, amor.

Río se aferró a ella. Sintiendo cariño y alivio

―¿Ya fuiste a conocer al bebé?... Quiero que le tomes una fotografía y me lo muestres.  

Río negó.

Había dos habitaciones con incubadoras y ella había estado en la de a lado

―No te lo mostraré en una foto. Robaremos una silla de ruedas y lo veremos juntas.

Agatha sonrió

Le gustaba esa pequeña complicad.

Río consiguió la silla de ruedas y observaron por fuera del enorme cristal. El pequeño bebé tenía una pulsera con su nombre y apellidos. Río sonrió su pequeño campeón se veía tan fuerte y lleno de vida.

―Ese es tu bebé.- Río se inclinó mirando a Agatha y la bruja púrpura le acarició las mejillas antes de darle un beso. ―Estoy muy segura de que se adelantó porque deseaba conocerte.

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