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Después de lo ocurrido, Hyunwoo estaba sentado en una banca del parque, perdido en sus pensamientos mientras las hojas secas crujían bajo los pasos de los transeúntes. Su mirada estaba fija en el horizonte, pero su mente estaba atrapada en el pasado. Todo había comenzado esa tarde en la oficina, cuando el nombre de Woogyu Kim apareció en la pantalla de su computadora. Ver ese nombre fue como un golpe directo al pecho, uno que lo dejó sin aliento. Hacía años que no pensaba en él… o al menos, hacía años que intentaba no hacerlo. Pero ahora, todo volvía a la superficie con una fuerza devastadora.

Cerró los ojos y apretó los puños, sintiendo cómo el aire fresco del parque parecía no poder calmar el ardor en su pecho. Woogyu. Su nombre resonaba en su cabeza como un eco interminable, trayendo consigo recuerdos que había tratado de enterrar. Imágenes fragmentadas de su niñez invadieron su mente: una casa fría, una risa que parecía burla, unas manos ásperas que le provocaban miedo. Hyunwoo había sido apenas un niño cuando Woogyu entró en su vida, y desde entonces, nada volvió a ser igual.

La mujer que lo había adoptado, la señora Kim, había sido amable al principio. Le había ofrecido un hogar, comida caliente y una cama donde dormir. Por primera vez, Hyunwoo pensó que podía tener algo parecido a una familia. Pero todo cambió cuando Woogyu apareció. Al principio, era solo "el novio de mamá", alguien que venía de vez en cuando, que sonreía de forma tensa y parecía distante. Pero cuando Woogyu y la señora Kim se casaron, ese hombre pasó de ser un extraño a convertirse en una presencia constante, una figura que Hyunwoo llegó a temer con cada fibra de su ser.

Hyunwoo nunca olvidaría las primeras noches después de la boda. La casa ya no era un refugio; se convirtió en un lugar donde las paredes parecían observarlo, donde el silencio era más pesado que cualquier palabra. Woogyu no era violento a simple vista, pero había algo en su manera de hablar, de mirar, que hacía que Hyunwoo quisiera desaparecer. Y cuando las palabras se transformaron en acciones, Hyunwoo comprendió que su vida nunca volvería a ser la misma.

Un estremecimiento recorrió su cuerpo al recordar cómo Woogyu lo hacía sentir insignificante, cómo lo reducía a nada con sus gestos y comentarios. Pero lo peor no era eso. Lo peor era que la señora Kim parecía no darse cuenta, o peor aún, que lo ignoraba. Al principio, Hyunwoo había intentado decírselo, contarle lo que Woogyu hacía cuando estaban solos, pero sus palabras siempre chocaban contra una muralla de indiferencia. "No digas tonterías, Hyunwoo", le decía ella con una sonrisa forzada. "Woogyu te quiere, solo tienes que darle tiempo". Pero Hyunwoo sabía que eso no era verdad. Woogyu no lo quería; lo controlaba, lo manipulaba, lo quebraba poco a poco.

Hyunwoo abrió los ojos y miró hacia el cielo. Era un cielo despejado, de un azul casi perfecto, pero para él no significaba nada. Había perdido la capacidad de encontrar consuelo en cosas tan simples como el cielo o las estrellas. No después de lo que había vivido. Se pasó una mano por el cabello, intentando calmarse, pero la presión en su pecho no cedía. Lo que más le dolía era que, a pesar de todo, había llegado a querer a la señora Kim como una madre. Ella había sido la única figura materna que tuvo después de perder a su verdadera madre y a su hermana en un accidente de tráfico cuando apenas tenía cinco años. Pero ese cariño se había mezclado con el resentimiento y la desilusión de no haber sido protegido cuando más lo necesitaba.

Sentía un nudo en la garganta, pero no iba a llorar. Había aprendido a no hacerlo. Miró al cielo una vez más, como si pudiera encontrar allí alguna respuesta, algún consuelo. A veces, se imaginaba que su verdadera madre estaba allá arriba, observándolo, quizás lamentando no haber podido estar con él. "Mamá...", susurró, y su voz se quebró. " ¿Por qué permitiste que esto pasara? Yo... yo solo quería sentirme amado. Solo quería ser feliz".

El aire frío de la tarde acarició su rostro, pero no logró aliviar el calor abrasador del dolor que llevaba dentro. Los recuerdos seguían golpeándolo, uno tras otro, hasta que finalmente se levantó de la banca, incapaz de soportar más. Necesitaba alejarse, moverse, hacer algo para silenciar la tormenta en su interior. Caminó sin rumbo, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el suelo. No sabía a dónde iba, pero tampoco le importaba. Todo lo que quería era escapar de los fantasmas que lo perseguían, aunque sabía que nunca podría hacerlo por completo.

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