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El edificio que albergaba el poderío de Jungkook era más que un simple rascacielos; era un símbolo. Se alzaba como una fortaleza impenetrable en el corazón del distrito más discreto de la ciudad, un lugar donde las sombras parecían más densas y los secretos eran moneda corriente. Sus paredes de concreto blindado no solo repelían balas, sino también miradas curiosas. Ningún extraño osaba acercarse sin una invitación sellada por sangre o dinero, y aquellos lo suficientemente insensatos como para intentarlo rara vez vivían para contar la historia.

La entrada principal estaba custodiada por hombres vestidos de negro, con armas visibles en sus cinturones y miradas tan frías como el acero que portaban. Cámaras de última generación seguían cada movimiento, y sensores ocultos detectaban cualquier anomalía. Dentro, el aire estaba impregnado de una mezcla de lujo y peligro: mármol negro pulido reflejaba las luces tenues de las arañas de cristal, mientras que alfombras persas amortiguaban el sonido de los pasos. Las paredes estaban adornadas con obras de arte que ocultaban compartimentos secretos, y los pasillos eran un laberinto diseñado para confundir a cualquiera que no conociera su distribución exacta.

El edificio no solo era un centro operativo, sino un ecosistema en sí mismo. Oficinas, salas de reuniones, arsenales ocultos y hasta habitaciones privadas para las reuniones más confidenciales coexistían en un equilibrio perfecto. La organización de Jungkook funcionaba como un engranaje milimétricamente ajustado, donde cada miembro tenía un propósito específico y cada traición se castigaba con precisión quirúrgica. Las transacciones que se llevaban a cabo en esas paredes incluían desde tráfico de armas hasta negocios financieros tan limpios que podrían pasar por legales. Sin embargo, debajo de la superficie, corrían ríos de corrupción y violencia.

Jungkook cruzaba el pasillo principal con una postura que exudaba autoridad y frialdad. Cada paso resonaba en el mármol como un recordatorio de su control absoluto. Vestía un traje negro impecablemente ajustado, acompañado de una camisa blanca y una corbata gris oscuro. Aunque proyectaba calma y poder, sus mandíbulas apretadas y la tensión en sus hombros traicionaban las emociones que intentaba enterrar. Desde el momento en que vio a Taehyung, algo en su interior había cambiado, y ese desorden emocional no encajaba en su mundo de reglas y órdenes.

La puerta de la sala de reuniones se abrió con un suave chirrido hidráulico. Dentro, Yoongi estaba sentado en una de las butacas de cuero negro, su figura relajada contrastando con el ambiente opresivo de la habitación. Entre sus dedos descansaba un cigarro a medio consumir, y el humo serpenteaba hacia el techo, envolviendo la habitación en un velo de misterio. Sobre la mesa de cristal frente a él, descansaban varios informes clasificados

—Llegas tarde —comentó Yoongi con voz grave, sus ojos estrechándose mientras daba una calada lenta.

—Llego cuando quiero —replicó Jungkook con frialdad, aunque el destello de molestia en sus ojos no pasó desapercibido para Yoongi.

El segundo al mando dejó escapar una sonrisa seca, el tipo de sonrisa que siempre precedía a sus palabras más afiladas.

—¿Cómo va el asunto con Taehyung? —preguntó, dejando que el nombre flotara en el aire como un reto.

Jungkook se detuvo, sus manos bajando lentamente para ajustarse la corbata. Su respuesta fue rápida, casi demasiado rápida:

—Está bajo control.

Yoongi levantó una ceja, claramente escéptico. Su experiencia le permitía detectar fisuras en cualquier fachada, incluso en la del temido Jeon Jungkook.

—¿Bajo control? —repitió, inclinándose hacia adelante para dejar el cigarro en el cenicero—. Jungkook, a estas alturas, deberías saber que una obsesión personal es lo último que podemos darnos el lujo de tener en este negocio.

Only mine Donde viven las historias. Descúbrelo ahora