Pero de repente, como si un oscuro presagio se hubiera materializado en el aire, Santa Claus se transformó en un monstruo. Todo comenzó mientras revisaba, como cada año, las interminables cartas que llegaban al Polo Norte. Había algo distinto esta vez: la cantidad de regalos pedidos era descomunal, absurda, completamente desmedida. Las solicitudes no tenían límites, y muchas de ellas eran caprichos innecesarios, objetos sin alma ni propósito.
Santa, quien siempre había tenido un corazón generoso, cumplió con todas las peticiones, esforzándose más allá de lo imaginable. Sin embargo, cuando descendió a la Tierra para observar cómo sus regalos eran recibidos, lo que vio lo dejó completamente destrozado. Las familias, en lugar de reunirse en amor y compartir el espíritu de la Navidad, parecían enfocarse únicamente en lo material. El brillo de las luces y el papel de los regalos habían opacado la verdadera esencia de la festividad. En muchos hogares, el espíritu navideño había desaparecido, dejando un vacío frío y desolador.
Esta traición al ideal que Santa había defendido durante siglos fue demasiado para él. Una furia incontrolable comenzó a crecer en su interior, una emoción tan intensa y oscura que su ser se distorsionó. Lo que antes era un hombre bondadoso, símbolo de alegría y esperanza, ahora era una criatura deformada, consumida por el dolor y la ira. La decepción lo llevó al borde de la locura.
Santa se puso histérico, gritando con una voz que hacía temblar el mismísimo hielo del Polo Norte. Sus pensamientos, antes centrados en dar felicidad, se tornaron oscuros. Quiso acabar con la humanidad, esa humanidad que había despreciado el verdadero significado de la Navidad. Sus siglos de esfuerzo, su incansable misión de regalar alegría y unión, ahora le parecían inútiles.
En lo más profundo de su tormento, recordó su propósito divino. Él no era simplemente un repartidor de regalos; era una reencarnación del espíritu de Jesús en la Tierra, un símbolo de redención y amor. Pero este recuerdo no lo calmó, sino que encendió en él una oscura resolución: si la humanidad había traicionado el propósito de la Navidad, entonces él, como emisario celestial, debía imponer justicia.
La tristeza lo consumía mientras se preparaba para su venganza. Cuán herido estaba Santa, no solo como un símbolo, sino como un ser que había dedicado todo su existir a un propósito que ahora se sentía vacío.
Jesucristo y Santa, ahora fundidos en una sola entidad, una mezcla perfecta de divinidad y humanidad, se habían convertido en una fuerza con un único propósito: vengarse de aquellos que habían destrozado el espíritu de la Navidad. Ya no eran el símbolo del amor y la redención; eran una presencia imponente, cargada de un fuego inextinguible de justicia y rabia. La traición del mundo al verdadero significado de la festividad había roto sus corazones. Ahora, ese dolor se transformaba en furia, y con cada pensamiento, su plan de venganza cobraba forma.
Uno de sus objetivos principales era un hombre llamado Acidz, un reguetonero famoso conocido por su vida de excesos y su total desprecio por los valores que alguna vez encarnaron la Navidad. Durante las festividades, Acidz había pasado un breve momento con su madre, un gesto que podría haber sido una señal de redención, pero no lo era. Tan pronto como cumplió con la apariencia de una reunión familiar, se sumergió en una espiral de autodestrucción. Drogas, alcohol, prostitución y fiestas interminables llenaron sus noches, en un despliegue descarado de hedonismo y materialismo.
Santa, ahora sin su traje rojo, se presentó como un hombre común. Vestía una chaqueta oscura y unos jeans desgastados. Su cabello y su barba blanca lo hacían parecer un anciano sabio y tranquilo, pero dentro de su pecho ardía un fuego que lo consumía. Ese fuego no era el de la misericordia que había guiado su vida pasada, sino el de una ira divina que demandaba castigo.
Esperó pacientemente fuera del local nocturno donde Acidz celebraba su más reciente desenfreno. El sonido ensordecedor de la música y las risas vacías retumbaba desde adentro, pero Santa no se inmutó. Permaneció firme, de pie bajo la tenue luz de un farol que parpadeaba como si también estuviera a punto de rendirse ante la oscuridad.
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Jesús mata
Mystery / ThrillerDios cree que por fin la humanidad se va a poder salvar con su nuevo plan y todo va a salir bien, pero todo sale mal.
