Capítulo 10

242 29 8
                                        

Cuando Silvia despertó, no abrió los ojos, se quedó tumbada boca abajo y sintiendo las yemas de los dedos de Valentina acariciarle la espalda. Había apartado la sábana hasta su trasero, dejando descubierta esa parte para poder juguetear como ella quería. Pudo captar el delicioso perfume de su compañera, impregnado también en unas sábanas tan suaves como su piel. Sumida en un silencio que le producía una paz tan satisfactoria como indescriptible.

Hasta que los abrió. La luz entraba de lleno en la habitación, reflejando unas sábanas blancas propiedad del mismísimo Don Limpio. Frente a ella, Valentina sonreía al verla despertar tras una larga mañana dormida; con la sábana blanca tapando la mitad de su cuerpo y dejando al aire esos pechos que tanto le llamaban la atención a Silvia.

—Hola.

—Hola —susurró la técnico todavía ligeramente dormida—. ¿Cuánto he dormido?

—Un par de horas. Haces un ronquido muy mono, que lo sepas.

Se tapó la cara con la almohada intentando esconder el rubor de sus mejillas debido a la confesión, desde luego que era lo último que se esperaba.

—Me da mucho paz verte dormir.

—No tenía pensado quedarme dormida pero me dejas siempre doblegada.

Consiguió que Valentina se riera.

—Gracias por el piropazo.

Silvia sonrió apoyándose en sus codos, levantándose lo suficiente para poder darle un beso, seguidos de otros tantos que pasaron tanto por el cuello como por los senos destapados de la publicista.

—¿Te apetece que vayamos a comer y demos luego un paseo? Hoy hace menos frío que otros días.

—Me parece un plan estupendo —contestó Valentina acariciando la mejilla de Silvia.

Habían quedado a las nueve de la mañana, tenían tanta prisa por verse porque desde que se había ido Anna, no se habían vuelto a ver. Silvia había pasado sus días con sus hermanos, aprovechando esas semanas que todavía quedaban por delante, ante la incógnita de cuándo volverían a compartir tanto tiempo juntos. Cuando al fin habían tenido un día para las dos, tras largas conversaciones por WhatsApp, a ninguna de las dos les importó madrugar si eso conllevaba lo que hicieron. Pues en cuanto Silvia llamó al timbre, trayendo en su mano dos cafés, estos se enfriaron traspasando el calor a los dos cuerpos que terminaron desnudos y reposando en aquella cama tan cómoda que Valentina tenía en su dormitorio. Tras eso, Silvia cayó completamente dormida en brazos de su amante.

—He pensando en pasar juntas el fin de año... Si te parece bien.

—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Silvia apoyando la barbilla entre los pechos de Valentina.

—Lea organiza una pequeña fiesta. No sé si tienes planes con tu familia.

—La nochevieja cada uno se suele ir por su lado, de hecho mis padres suelen cenar con unos amigos que ven de año en año. Preguntaré en casa pero creo que no habrá problema.

—¿Eso es un sí? —Silvia asintió sonriendo—. Qué bien, porque tengo un vestido increíble.

—Me muero de ganas de verlo puesto.

—También quiero que esa noche me lo quites.

—Lo haré, te aseguro que lo haré.

Por supuesto que lo haría, ninguna de las dos tenía dudas al respecto.

Se hundieron durante varios minutos en un torrente de caricias y besos que estaban muy lejos de una pareja que lo suyo iba para una noche y ya. Empezaban a crear algo de verdad, serio y que las reconfortaba a ambas de una manera que iba muchísimo más allá de cuatro revolcones en la cama.

CANTA(ME)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora