Capítulo 3

232 36 6
                                        

El sonido abrupto de la persiana levantarse y la claridad que, de repente, entró en su habitación, le molestó en límites que desconocía. Se tapó con la sábana justo cuando sintió que alguien se tumbaba a su lado; no le hizo falta ni despertarse del todo para comprender de quién se trataba exactamente.

—¿Las doce de la mañana y todavía en la cama, hermanita?

La despeinó todavía más lo horrible que ya de por si estaba Silvia, el dolor de cabeza que tenía debido a la infernal música del antro al que habían ido todavía la aporreaba; aunque el cosquilleo entre sus piernas le recordó lo bien que había acabado la noche.

—Eres insoportable.

—Lo sé y por eso me quieres.

—Podría debatirlo, tengo argumentos de sobra.

Ismael soltó una carcajada que escucharon hasta sus padres, y fue el momento en el que la menor de los hermanos abrió los ojos.

—¿Llegaste tarde? —preguntó al ver como intentaba ubicarse en el mundo.

—Creo que eran las ocho.

—¿Ligaste?

Esa pregunta fue en un susurro, la puerta estaba abierta y aunque sus padres sabían y aceptaban abiertamente la orientación de su pequeña, tampoco querían que conocieran sus noches esporádicas con chicas a las que no volvería a ver.

—Sí. —Sonrió remoloneando en la cama—. Te habría gustado a ti.

—No se me olvida que tenemos gustos similares, tranquila.

Un dardo que, si se hubiera lanzado algunos años atrás, le habría dolido como una gran punzada en el estómago; pero no en ese momento, cuando los dos hermanos decidieron hacía mucho tiempo, enterrar el hacha de guerra.

—¿Cómo estás? —preguntó su hermano, nuevamente con esa voz, visiblemente más preocupado.

—Antes de que llegaras, bien —contestó incorporándose en la cama, pero mirando a su hermano—. Bien, estoy muy bien. Cansada de la gira, pero muy bien.

—Mamá me lo ha enseñado. —Silvia sonrió asintiendo—. Estoy muy feliz por ti y Julia en cuanto se entere mucho más.

—Lo sé. Tenía muchas ganas de veros.

—Y nosotros de verte a ti —dijo Ismael haciéndole algunas cosquillas.

—¿Tú qué tal? ¿Qué tal Soraya y las niñas?

—Bien, todo bien. Las niñas enormes y Soraya tan guapa como siempre.

—Aggggg, el enamorado. ¿Las voy a ver?

—Sí, vendrán entre hoy y mañana. Tienen muchas ganas de verte.

—Y yo de verlas a ellas.

La imagen de sus dos sobrinas revoloteando por las casa de sus padres, llenando todo de una felicidad inmensa tan propia de esas fechas. Todos juntos, después de tanto tiempo, reconfortaba a Silvia en el interior de una manera que añoraba.

—¿Qué tal con Anna?

Se miraron en cuanto pronunció la pregunta y Silvia, preocupada, giró hacia la puerta intentando que sus padres no escucharan la conversación.

—Bien —contestó—. Se trabaja muy bien con ella.

—No me refiero a eso, he oído muchas cosas... Demasiadas.

—Se droga —admitió sin necesidad de mentir ni de esconder nada—. Así que todo lo que has oído es verdad.

—¿Y cómo lo llevas?

CANTA(ME)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora