—Lo tuyo es un paseo en comparación con lo mío, Anna —contestó Silvia aferrándose a la taza de chocolate como si su vida dependiera de ello—. Y con esto no te estoy quitando mérito.
—¿Cuánto llevas?
—¿Limpia? Ocho años.
—¿Y cómo decidiste dejarlo? ¿Qué te pasó?
Silvia sonrió levemente. Miles de recuerdos se agolparon en su cabeza. Muchos difusos, otros no tanto. Vivencias, experiencias y sensaciones que nunca se acababan de esconder, pero que se mantenían guardados en algún punto de su memoria.
—Nunca quise, Anna. Si fuese por mí, jamás lo hubiera dejado.
—¿Entonces?
Llevaba horas buscándola. Había dejado a sus padres en casa atardeciendo y, en ese momento, volvía a salir el sol. Llevaba toda la noche recorriendo todas las calles de la ciudad, las que conocía y por las que nunca había cruzado. Le daba igual el sueño, el cansancio y las ganas que tuviera de llorar y rendirse. No lo haría, no podía. Su hermana pequeña llevaba más de un día desaparecida; sabían de sobra que la policía no haría nada por ella, era una drogadicta, no moverían ni un metro los coches para buscarla. No merecía la pena. Pero como que se llamaba Julia que la encontraba.
Le habían suplicado que volviera a casa, retomarían la búsqueda a plena luz del día; pero no podía. Recorrió todos los antros, bares y locales que había abiertos; deseando encontrársela en alguno, vomitando en el baño, apoyada en la barra... Le daba igual cómo, pero necesitaba encontrarla.
Y fue cerca de las diez, en un local a las afueras de la ciudad; entre dos fábricas que habían empezado su jornada laboral hacía por lo menos cuatro horas, cuando la vio. Un cuerpo, absolutamente tirado en medio de la calle, entre dos cubos de basura. Se acercó llorando, temblando, con esperanza y un miedo atroz que le impedía dar un paso hacia delante.
Pero era ella.
Con la cartera tirada, sin una bota, el pantalón desabrochado y la camiseta casi por los hombros. La zarandeó un poco, esperando una respuesta que no llegó.
Marcó enseguida a emergencias y después a sus padres. Le colocó como pudo la ropa, y esperó, una media hora, hasta que los servicios médicos llegaron, la metieron en la ambulancia y se la llevaron a toda velocidad al hospital más cercano.
—No volví a pisar la calle hasta pasados seis meses. Julia tomó la decisión, con todo lo que eso conllevaba.
Era el primer día que podía recibir visitas. Habían pasado, concretamente, treinta y tres días desde que había internado en aquel centro. Lejos de su familia, le habían prohibido verles hasta que su psicóloga lo decidiera. Era el día. Silvia se había levantado más despejada, había dejado atrás los síntomas más evidentes de la desintoxicación. No estaba recuperada ni mucho menos, pero era una prueba de fuego para ella; era muy consciente que iba a estar vigilada por muchas personas durante aquella visita.
Estiró las mangas de su sudadera justo antes de entrar en la sala, escondiendo el temblor de sus manos debajo, tomó todo el aire del pasillo que pudo y miró al enfermero asintiéndole con la cabeza.
Estaba lista.
Solo le hizo falta dar un primer paso para divisar a su madre, a su padre, a su hermano... Y a la última persona que quería ver allí. De pronto, sin controlarlo y mucho antes de lo que ella habría imaginado nunca; el temblor de las manos se convirtió en ira, en enfado. Unos diez pasos hacia delante, con la vista clavada en aquellos ojos que, para ella, la habían traicionado.
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CANTA(ME)
RomanceEl pasado y el presente de Silvia se ven enfrentados a causa de su jefa, la famosa Anna Llamas. Silvia, encargada del equipo de sonido de la exigente cantante; no lo tendrá nada fácil para soportar y controlar todo el torbellino que supone estar baj...
