Capítulo 25

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Miró por última vez a su hermana antes de salir del coche, pero no dudaba y nadie iba a hacerle cambiar de opinión. Tampoco la culpaba, conocía de sobra los motivos por los que estaba a punto de hacerle ese favor.

Así que eso hizo, salió del coche y se dirigió hacia la puerta de cristal que daba la bienvenida a un edificio que, ni en cien vidas, habría querido volver a pisar. Dio el nombre en el mostrador que había nada más entrar a la derecha; le dieron la pegatina que indicaba que era visitante, y esperó unos tres minutos hasta que alguien vino a por ella.

Unos pasillos blancos, impolutos, con ese olor tan característico a lavanda que camuflaba lo mal que olían las habitaciones. Todo le recordaba como si esos ocho años en realidad hubiesen ocurrido el día anterior.

—Espere aquí hasta que llegue.

—Gracias.

Sabía perfectamente que no estaría sola. Un enfermero se quedaría en la puerta, dos fuera y, por supuesto, el equipo de vigilancia a través de la cámara que se encontraba en la esquina. A diferencia de la clínica que ella conocía de memoria, en aquella no había sillas incómodas y casi rotas; sino un sillón que ya quisiera tener en su casa. No era para menos, la clínica a la que había entrado Anna no era cualquiera, estaba accesible para muy pocas personas que tuvieran los recursos de los que disponía la cantante. Ya que te desintoxicas, que sea con todas las comodidades posibles.

O eso pensó justo segundos antes de que se abriera la puerta.

Ni siquiera se puso de pie, para qué. Espero con paciencia a que Anna apareciera en su campo visual; atisbando en seguida una mueca de desilusión en su rostro. Miró al enfermero que le indicó que podía acercarse sin problema.

—Hola, Anna.

—Julia... —susurró agachando la cabeza—. Esperaba que viniera ella.

—Comprenderás que todavía no se siente preparada para verte así. Han pasado muy pocas semanas.

Anna asintió comprendiéndolo. Si eso era lo más cerca que iba a estar de Silvia, le valía; a fin de cuentas, nadie mejor que Julia para entrar en la vida de la técnico.

—¿Cómo te encuentras?

—Mejor —contestó sentándose al lado de la que, esperaba, fuese su cuñada en algún momento—. Creo que lo peor ha pasado ya. He empezado a salir de la habitación, estoy dando paseos por un jardín que hay aquí. —Julia asintió atenta; y fue entonces cuando Anna la miró fijamente—. No sé si estás aquí por vigilarme o por otra razón.

—Ella me lo ha pedido.

Anna asintió perdiendo nuevamente la mirada, cansada y agotada por todo el malestar físico y psíquico que arrastraba.

—¿Cómo está?

—Ha vuelto a las reuniones y está viendo a su psicólogo algunas veces.

—¿Marisa?

—No, está con el que ha estado viendo estos años. Dudó mucho pero dijo que si llamaba a Marisa sería como traicionarte a ti, y teniendo en cuenta que tú lo estás haciendo por ella, no quiso llamarla. —Anna volvió a asentir comprendiéndolo—. Yo no quiero que lo hagas por ella, Anna; quiero que lo hagas por ti.

—Nunca he tenido el valor de hacerlo por mí misma.

—Pero no quiero que mi hermana sea el motivo.

Anna comprendió de inmediato que Julia tenía miedo, mucho. Temía que algo se torciera, que aquello que parecía un acto altruista por amor, se volviera en contra de Silvia. El camino para dejar de ser un adicto era muy largo y tedioso, se lo conocía de memoria; y no quería que su hermana pequeña pasara por todo el dolor que pasó ella al sentir su rechazo.

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