Ciento dos días.
Había pasado más de tres meses, pero menos de cuatro, entre aquellas paredes blancas. Las primeras semanas encerrada en su habitación olía a sudor, a vómito e incluso a desesperación y ansiedad. Una habitación que se le hacía pequeña, con una cama, sin absolutamente nada más. Los días se le habían pasado sin saber siquiera si era de día o de noche, si era la hora de comer o la cena. Podía haberse orientado porque el régimen de comidas era muy estricto; pero la noción del tiempo para el cerebro de Anna, en ese momento, no existía.
Después pasó al olor a desinfectante de los pasillos, también blancos. Y a lavanda. O vainilla. No lo recordaba muy bien. El despacho donde hacia terapia era mucho más agradable que su habitación; pero el olor era indescifrable, probablemente porque sus fosas nasales estaban resurgiendo después de todo.
Y por último, la brisa, caliente, pero absolutamente magnífica. El pequeño patio de la clínica le había salvado de la más absoluta locura. Un verde tan artificial como el blanco de la clínica, pero aquel viento, e incluso las únicas dos veces que empezó a llover, fueron las primeras sensaciones realmente gratificantes y únicas. Anna estaba viva, o eso pensó mientras el enfermero le gritaba que debía entrar para no mojarse.
Ciento dos días después, recogió sus pertenencias personales de la bandeja que le habían dejado sobre el colchón, sin sábanas, aguardando a que otro nuevo visitante acudiera.
—Recuerda que nos veremos una vez por semana durante los primeros meses. Si todo va bien, pasaremos a vernos una vez al mes. Así durante un año.
Anna asintió, atándose las deportivas, escuchando atentamente las instrucciones de Octavio, su psicólogo y su gran aliado durante todo ese tiempo. El único que había tenido la paciencia y la delicadeza para ayudarla a salir de todo ese pozo. Probablemente porque era su trabajo.
—Y esto es para ti —dijo dándole una moneda—. Es la del mes pasado, la tercera; te haré llegar la cuarta en cuanto nos veamos.
Frunció el ceño cogiéndola, ni siquiera sabía que le iban a dar ese premio.
—¿Y las pasadas?
—Las tiene alguien que está esperándote en la puerta.
Eso provocó en ella un hormigueo del que no había sido testigo hasta ese momento. Miró a Octavio, nerviosa y a la vez tranquila, sonriendo y a la vez temblorosa. Anna era un manojo de sensaciones tan contradictorias como maravillosas.
—Gracias.
—No me las des —respondió él empezando a salir de la habitación—. Recuerda que el verdadero proceso empieza ahora, Anna, debes ser fuerte y tener muy en mente lo que has pasado.
—Lo sé. Aún así, gracias.
—Nos vemos pronto.
Con un ligero apretón en el hombro, Octavio se despidió de ella dando media vuelta y volviendo a su despacho. Su trabajo continuaría en esa clínica.
Sin embargo, Anna, en dirección contraria a la de su psicólogo, miró a la celadora que la esperaba pacientemente para guiarla hasta la salida. Ya había firmado toda la gestión de su alta, el papeleo administrativo lo había dejado atrás; tan solo tenía que preocuparse de salir de allí de una puta vez.
Hasta que, justo cuando iba a salir por la puerta, recordó quién era y lo que aquello implicaba. Levantó la mirada hacia la mujer, que, según su placa, se llama Fiona.
—Fiona... —susurró—. ¿Hay prensa?
—No. Somos muy cautelosos con ese tema, puedes estar tranquila.
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CANTA(ME)
RomanceEl pasado y el presente de Silvia se ven enfrentados a causa de su jefa, la famosa Anna Llamas. Silvia, encargada del equipo de sonido de la exigente cantante; no lo tendrá nada fácil para soportar y controlar todo el torbellino que supone estar baj...
