Capítulo 29

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—¡Prueba ahora! —gritó Gonzalo desde el otro lado del escenario.

Javier encendió la guitarra desde el panel de control, le hizo la señal a Gonzalo y el sonido del instrumento llegó a sus oídos. La propia Silvia se encargó de levantar el pulgar para indicarle que todo sonaba bien.

—Una cosa menos —murmuró bajando el sonido—. ¿Qué queda?

—Ella.

—De eso entonces me encargo yo.

Silvia se levantó guiñándole un ojo a Javi, que sonrió ajustando una última cosa en el panel de control. Tras agarrar el maletín del monitor, empezó su andadura hasta el camerino de Anna. Bajó unas escaleras, atravesó un pasillo enorme donde tenían colgados un montón de retratos de los artistas con más renombre que habían pasado por aquel escenario, giró a la derecha, dejó atrás dos puertas; hasta que llegó a una que tenía el cartel del nombre de la protagonista. Llamó dos veces y abrió.

—Te estamos esperando —dijo enseñándole el maletín—. La prueba, cariño.

—¿Ya? —preguntó asomando la cabeza de detrás de un biombo—. Me estaba probando la ropa.

—Pues hazlo luego, así nos lo quitamos ya y te dejamos tranquila.

—Vale. Dame un segundo solo.

Silvia pasó cerrando la puerta; no necesitaba ninguna autorización para estar ahí dentro, y mucho menos cuando Anna retiró el biombo, saliendo mientras se abrochaba la falda pero sin un top que la cubriera.

—¿Ese va a ser tu modelito?

—¿Te gusta? —preguntó sonriendo—. Es para facilitarte el trabajo, boba.

—Qué lástima —dijo abriendo el maletín—. Tengo las manos frías.

Era una simple automatización; Anna sabía perfectamente que las manos de Silvia siempre estaban frías, y que tardaba, exactamente, seis minutos en calentarlas.

—¿Han llegado mis padres? —preguntó sintiendo el esparadrapo que sujetaba el cable en la zona baja de su espalda.

—Todavía no. Les quedará poco. Héctor está pendiente de ellos, así que no te preocupes.

—Vale... —susurró sufriendo un espasmo debido a las frías manos de su novia, que ya avanzaba hasta el cuello—. Estoy nerviosa.

—Es normal. Ha pasado mucho tiempo. El pelo —ordenó para ponerle ahí otro trozo de esparadrapo—. Gírate. Lo vas a bordar, no tengo la menor idea.

—La cuestión es el público —confesó a tan solo un milímetro de distancia de su técnico de sonido preferida—. Que no me reciban bien o... No sé.

—Agotaste las entradas en diez minutos —asumió Silvia guardando todo, dirigiendo la atención a su novia—. Estáis estudiando volver a un estadio. La gente te quiere y te apoya. —Anna asintió intentando creérselo—. Y tienes el mejor sonido de toda la industria.

—Ya.

Ambas sonrieron justo antes de besarse. Era lo que más tranquilizaba a Anna, tenerla ahí.

—¡Se me olvidaba! —exclamó cuando Silvia le ayudaba con el top—. Tengo que enseñarte una cosa.

—Tenemos que subir.

—Dos segundos, no te vas a arrepentir.

Anna viró a toda velocidad hacia su maleta. Rebuscó entre la ropa hasta que sacó los vaqueros que había llevado puestos durante todo el día. Sacó un objeto y volvió al encuentro de Silvia, a quién se lo cedió.

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