Capítulo 23

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—Nos vamos a comprar, cielo —dijo Marimar—. ¿Necesitas algo?

—No, mamá —contestó terminándose el café—. Iremos a comer fuera, por si cuando venís, no estamos.

—Vale. Pues pasadlo bien.

Tras dejarle un beso en la cabeza a su hija más pequeña, los dos salieron por la puerta principal, dejando silencio en la casa, solo interrumpido por el sonido del agua caer debido a la ducha que se estaba dando Inma.

Porque sí, Inma, su gran amiga de giras, estaba en su casa.

Julia se había tenido que ir hacía algunos días a su ciudad, al final, por mucho que quisiera quedarse eternamente con su hermana; debía trabajar. Se fue preocupada, al final Silvia no había hecho la menor intención de volver a su casa, ni de llamar a Marisa, ni siquiera a su psicólogo; no había hecho nada, y Julia no sabía como tomárselo. Sin embargo, el alivio llegó cuando su madre llamó por teléfono a su hija más mayor para contarle que la pequeña había decidido llamar a una amiga suya para pasar un par de días juntas.

—A veces te envidio —dijo Inma entrando por la cocina—. Yo tan destruida por la resaca y tu ahí, divina de la muerte. —Silvia sonrió acercándole algo de desayuno—. Gracias.

Después de llevar cuatro días paseando sola, con sus pensamientos, vigilando constantemente las redes sociales de una cantante que no había subido nada; Silvia se rindió.

Tras cuatro días, pensando seriamente si llamar a Marisa era lo que debía hacer; viviendo en la dualidad más grande a la que se había enfrentado nunca. Por un lado, quería verla, claro que quería; era la única que le daría la solución a todo lo que en su cabeza rondaba. Sin embargo, sabía perfectamente, lo que la esperaba con ella. Y aunque quisiera resistirse, el final de su llamada hacia la que fue su terapeuta acabaría de la misma manera que la última vez. Por eso, quizás, Silvia también se rindió.

Y no fue hasta la madrugada de su cuarto día, apoyada en la mesa en la que, en algún momento, fue la habitación de su hermana mayor; que miraba aquel cuadro enmarcado, todas sus monedas colocadas, expuestas según Julia había considerado oportuno. Desde la primera hasta la más reciente que les había entregado en navidades.

Silvia estaba limpia y serena, y lo llevaba estando muchos años.

Fue en ese momento, admirando esas monedas y rememorando toda su lucha; cuando un recuerdo específico de su estancia en Francia le llegó a la mente. Y no fue otro que Anna cantándole, guitarra en mano, aquella canción con una letra tan... Particular. Fue entonces cuando se preguntó si esa canción iba dirigida a ella. Y fue entonces cuando se preguntó si Anna llevaba razón cuando le confesó sus sentimientos hacia ella.

Eso solo lo podría saber hablando con ella, pero no estaba del todo segura si podía hacerlo después de todo lo que había pasado en su casa.

Y por eso Inma estaba allí, desayunando en su casa, tras una noche de fiesta con sus amigas incluidas; porque era el momento idóneo de abrirse ante una persona que conocía a la cantante. Probablemente, de su nueva vida, Inma era la que mejor la conocía... O era un poco injusto decir eso cuando la técnico de iluminación no sabía absolutamente nada sobre el pasado de su compañera.

Fuera como fuera, Silvia pensó que la mejor manera de pedir ayuda era ante una persona con la que había compartido muchos momentos y conversaciones. Probablemente, muy por encima de una Lea que no conocía del todo su vida; al menos no con tanta profundidad. Además, era amiga de Valentina, lo último que quería era que le llegara la noticia de que sentía algo por Anna.

—¿Te lo pasaste bien?

—Son estupendas tus amigas —contestó Inma masticando un trozo de magdalena—. Pensaba que vería a tu impresionante novia. —Silvia miró a su amiga, supuso que su cara fue un espejo porque Inma dejó de comer en ese momento—. ¿Qué ha pasado?

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