Capítulo 19

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El día empezó como acabó el anterior, ellas dos en la cama pero a kilómetros de distancia. Valentina dormía plácidamente, abrazada al edredón, mientras que Silvia la miraba constantemente, era incapaz de dormir. Algo pasaba y lo sabía. No era normal que después de reencontrarse por primera vez tras prácticamente dos meses separadas por la desintoxicación de Anna, no se hubieran tocado ni una mísera vez.

Su cabeza no dejaba de dar vueltas al mismo asunto, qué estaba pasando con Valentina. No lograba comprenderlo; la había echado de menos, muchísimo, y esperaba que al contrario fuera igual, pero lo que se estaba encontrando, era muy diferente.

Esperó pacientemente, en la cama, con su cabeza apoyada en uno de sus brazos, mirando cómo dormía mientras las horas del reloj pasaban y pasaban.

Y no fue hasta las nueve de la mañana, siendo muy consciente de que tenía que soltarlo todo; que Valentina remoloneó abriendo poco a poco los ojos. Miró a todos lados, por dos veces a Silvia y, finalmente, se sentó frotándose los ojos.

—Buenos días —susurró Silvia intentando comprender si todo era una imaginación suya o era realidad.

—Buenos días.

—¿Has dormido bien?

—Sí —respondió tumbándose otra vez—. No entiendo cómo durmiendo tan poco aquí tienes una cama tan cómoda.

—Precisamente por eso, para descansar bien cuando estoy.

Valentina asintió con otro bostezo, tapándose la cara pero únicamente por un rato; pues la mano de Silvia, intentando acariciar su mejilla, provocó que la mirara.

—¿Qué pasa, Val? —Valentina tragó saliva—. Dime la verdad.

Se sentó preocupando todavía más a una Silvia que la imitó, temiéndose lo peor aun sin comprender qué estaba mal.

—He venido porque tenía que afrontarlo y porque, una parte de mí, necesitaba ver que estoy loca y que todo seguía igual... —Tomó aire mirándola—. Y me he dado cuenta que no.

—¿Que no qué?

—Que no puedo seguir con esto, contigo.

Silvia miró fijamente a Valentina, hermética y rígida, como si un barreño entero de agua congelada se la hubieran tirado a la cara.

—¿Por qué? —logró preguntar en un susurro.

—Estábamos empezando y estábamos bien, pero te fuiste y lo hiciste en el peor momento. He querido que estuvieras a mí lado, todos los días, te echaba muchísimo de menos; pero no estabas.

Tragó saliva notando como poco a poco, con cada palabra, el nudo en su garganta oprimía más; tanto, que empezaba a dolerle de verdad.

—Intenté esperarte, Silvia, te lo prometo. Y por eso estoy aquí, pensaba que al verte, todo volvería a lo que sentía en Navidad, pero no es así.

Se levantó de la cama en cuanto lo escuchó; por muchas sospechas que tuviera, dolía igual. Como un puño apretando su garganta, una tonelada sobre su pecho o un cristal cuando se rompía. Silvia sentía su interior así; frágil, reemplazable... Como una hoja de papel movida por el viento.

—No llores... —susurró Valentina levantándose yendo tras ella—. Por favor.

Pero no podía evitarlo. Su cuerpo temblaba, sus ojos lloraban y ella estaba rota. Le dolía cada parte de su interior, cada palabra se había clavado en su cerebro como la sangre; era incapaz de parar porque nada le había dolido igual. Probablemente porque era la primera vez que sentía de una forma tan real y verdadera.

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