Se apoyó en el marco de la puerta, de brazos cruzados, dándose un respiro. No le quitaba la vista de encima. Moviendo la pierna derecha continuamente, con la cabeza escondida entre sus manos y los codos sobre sus rodillas. El pelo recogido en un moño que se había hecho cuando no cesaban los vómitos. Y una leve capa de sudor molesto que le recubría todo el cuerpo, pero, especialmente, el cuello.
—Me estorba todo.
Se puso de pie quitándose la camiseta. Empezó a dar paseos por el pequeño salón intentando coger aire; pero no le llegaba bien. Todo le incomodaba. La madera en sus pies, los pantalones en sus piernas, los calcetines por los tobillos... Todo le sobraba. Incluso la leve brisa que ondeaba desde la puerta hasta la ventana que había frente al fregadero, le molestaba.
—Necesitas relajarte.
—Pues dime cómo lo hago, joder.
Silvia fue directa al congelador, lo abrió y sacó de su interior un pequeño trozo de hielo. En su mano enseguida notó cómo, debido al frío, se le quedaba pegado a las yemas de sus dedos. Pero le dio igual. Se acercó a una Anna que, desabrochándose el botón de su pantalón, sentía que le ardía la piel y que el corazón podría arrancárselo en cualquier momento.
Le agarró con suavidad del cuello, mojándose debido al sudor; y antes siquiera de que pudiera hacer algo, apoyó la frente de Anna en su hombro y llevó el hielo a la nuca.
—Quieta, quieta —susurró Silvia cuando paseaba el hielo—. Sé que duele pero te vendrá bien.
Anna se aferró a la camiseta de su terapeuta particular; aquella mujer que estaba dedicando todos sus días a intentar ayudarla. Y dolía, claro que dolía. Su cuerpo se estremecía con una nueva sensación cada vez que pasaba el hielo por su piel. El simple contacto dolía como si unas mil agujas se clavaran en su piel.
Sin embargo, notó como un leve efecto anestésico le dormía la piel. El hormigueo desaparecía y esa sensación de pesadez, se esfumaba a cada segundo un poco más.
—En la academia jugamos con el hielo —contó teniendo en cuenta el primer consejo de Silvia, hablar para distraer—. En las habitaciones, claro, que no había cámaras. Nos lo pasábamos con la boca, unos a otros. Yo no había jugado nunca a eso. Mi instituto fue demasiado recto para algunas cosas y, si me pongo a pensar, mis amigas también.
—¿Y te gustó?
—Reconozco que el hielo puede ser muy excitante... Si lo haces con una persona que te guste, claro; sino, es una marranada.
—¿Ahora es cuando me dices que montasteis orgías dentro de las habitaciones?
—No —respondió riéndose—. Eran juegos sin importancia. —Entonces levantó la cabeza para mirarla—. ¿Tú has jugado alguna vez?
—Sí —contestó Silvia sin dejar de prestarle atención al hielo, que lo pasaba por los hombros—. He hecho muchas cosas deplorables en mi adolescencia, aunque no me acuerdo de muchas. —Tiró entonces lo que quedaba de hielo en el fregadero y miró a Anna—. ¿Mejor?
La cantante asintió, tomando aire; pero notando como el rastro del hielo, se volvía a convertir en sudor. Silvia comprobó que no tenía fiebre y eso era bueno; aunque no dudaba que, en cualquier momento, podía subirle la temperatura.
—Creo que te vendrá bien darte una ducha.
—¿Otra?
—Agua fría. Lo que estás sintiendo ahora no es nada a cómo te vas a encontrar dentro de una hora.
—Vamos paso por paso —susurró sentándose en el sofá—. Cuando me encuentre peor te aviso y lo hacemos.
—Luego me vas a querer morder.
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CANTA(ME)
RomanceEl pasado y el presente de Silvia se ven enfrentados a causa de su jefa, la famosa Anna Llamas. Silvia, encargada del equipo de sonido de la exigente cantante; no lo tendrá nada fácil para soportar y controlar todo el torbellino que supone estar baj...
