Capítulo 18

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—Creo que llegamos a las dos. ¿Podrás venir a por mí?

—¿Al aeropuerto?

—Había pensado en pasar unos días juntas. Si tienes que trabajar, puedo irme a tu casa.

—No, es... No tengo que trabajar.

—Entonces si quieres nos quedamos en la mía.

Se produjo un silencio que inquietó a Silvia.

—¿Val?

—Sí. Estaré allí, no te preocupes.

—¿Y por qué me da la sensación de que debo hacerlo?

—No seas boba. Estaré como un reloj para recogerte.

—¿De verdad?

—Sí. Y estate preparada porque del avión vas a pasar a la cama. —Esa respuesta provocó una sonrisa en Silvia, la echaba tanto de menos—. Tengo que colgarte, nena, pero prometo estar allí.

—Vale. Gracias.

—De nada, cielo. Te veo mañana.

Colgó mordiéndose el labio. Tenía ganas de verla, muchas; no había contado con estar unos meses apartada de ella, mucho menos empezando la relación, y en ese momento, sentía que lo primero que quería hacer era verla de una santa vez.

Sin embargo, no pudo ignorar el hecho de que en su interior, algo la inquietaba, algo había cambiado. No lograba ubicar si era por ella, por Val o cómo. Se sentía una principiante en gestionar sus propios sentimientos; hacía muchos años que no sentía algo por alguien y, la verdad era, que estaba muy perdida con lo que sentía, o debía sentir hacia Val.

Fuera como fuera, Silvia quería verla, y eso lo tenía muy claro.

En cuanto a Anna, llevaba un par de horas concentrada en la cocina. Le había dado la tarde libre a Silvia; básicamente porque la había echado de la casa, pidiendo que no entrara hasta que ella no se lo dijera. La técnico aprovechó para darse un paseo y llamar a Valentina.

Comprobó que todo estuviera perfecto y fue a por su acompañante, que esperaba, obediente, sentada en las escaleras de la entrada. Había pensado mucho sobre lo que estaba haciendo, había cocinado lo poco que había encontrado en la nevera pero lo suficiente para intentar recompensar todo lo que habían hecho durante tantos días. Dos meses después, se sentía de otra manera, pensaba de forma más clara y su cuerpo no era la misma masa de mierda que arrastraba con cada paso que daba. Anna era otra y era, sin duda alguna, gracias a Silvia.

Le tapó los ojos con un trapo y, agarrando sus manos, la levantó y dirigió sus pasos hasta estar frente a la mesa. Una mesa sin decorar, pues no tenía gran cosa en la pequeña casa; pero que iba a dar igual, lo importante era el detalle, no cómo fuera.

—¿Lista?

La técnico asintió, algo impaciente y nerviosa, no le gustaban las sorpresas.

Sin embargo, ese malestar se redujo en cuanto sus ojos se acostumbraron a la luz y vio la cena preparada en sus platos, caliente, pues el humo todavía era palpable.

—Tengo vino enfriándose, pero creo que no bebes...

—Anna, esto... No tenías por qué.

—Sí, sí que tenía y lo sabes. Es una bobada, te prometo que te recompensaré de verdad por todo lo que has hecho por mí. Pero estos dos meses has soportado de todo y no voy a tener forma de devolvértelo todo.

—No es necesario que...

—No tenías por qué ayudarme y lo hiciste.

—Eso ya lo hablamos.

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