"Puedo ir cincuenta veces más si es lo que quieres, pero han pasado casi tres meses, necesita verte a ti".
Esa frase de Julia le retumbaba en la cabeza como si una canción pegadiza de anuncio se tratara. Lo sabía, llevaba dandole vueltas muchas semanas, pero una cosa era lo que sabía que tenía que hacer, y otra lo que podía.
Le atormentaba regresar a un sitio en el que conocía de sobra lo que pasaba en cada rincón. Desesperación, ansiedad, angustia y muerte. Horas de una locura transitoria, necesidad, desgarramiento e impotencia. Todo lo que rodeaba aquellas paredes eran malos recuerdos. Ni siquiera los primeros paseos le evocaban a una buena recuperación. El ardor en la piel, en el esófago, el ruido en su estómago... Todos los órganos de su cuerpo pidiendo una rendición, mientras que el cerebro ordenaba vivir. Una lucha interna que se llevaba por delante todo lo que encontraba. Un sistema nervioso caótico, un endocrino en rompe filas y unos ciclos de sueño completamente alterados. Ni siquiera eras una persona.
Todos esos tormentos se le agolpaban cada noche a una Silvia que dudaba sobre qué hacer. Enfrentarse a eso o sencillamente ignorarlo. Le aterraba sentirlo, acercarse siquiera; el insomnio se apoderó de ella en esas semanas casi sin darse cuenta.
Pero ahí estaba, casi tres meses después, frente a una puerta que la separaba de un pasado al que no quería volver. Miró al cielo, repleto de unas nubes que indicaban que era cuestión de tiempo que se pusiera a llover. Respiró ese ligero toque a húmedo que no hacía más que señalar lo que ya decían las nubes. Vio perfectamente el temblor de su mano cuando agarró el picaporte de la puerta; pero como si su cerebro de pronto se hubiera apagado, entró sin dudarlo ni un instante más.
—Hola, vengo a ver a Anna Llamas.
—Déjeme su documento de identidad.
Probablemente ese procedimiento era lo único que desconocía; al final ella siempre había estado al otro lado, era ella quién recibía visitas. Sabía perfectamente lo que la esperaba a Anna después de su encuentro. Dos análisis de sangre durante los siguientes tres días, una vigilancia de cerca por si a ella, se le hubiera ocurrido traer droga de fuera.
Era absurdo, pero así lo hacían.
Le dieron una pegatina que se colocó sobre la sudadera, indicaba que era visitante y que, bajo ningún concepto, podían encerrarla allí dentro.
—Enseguida vienen a por usted.
Con la boca seca y ese temblor tan inseguro en sus piernas; esperó unos tres minutos hasta que un tipo enorme, vestido de blanco, le pidió que la siguiera. Unos pasillos inmensos, impolutos, algunas voces de fondo pero, por lo general, tranquilidad. Y ese olor, ese puto olor que se le clavó en el cerebro. Si quería omitir dónde estaba y centrarse solo en Anna, era imposible; ese olor le recordaba, perfectamente, que volvía a estar allí.
Pasó a una sala donde únicamente había un sofá en tonos claros. Recordó cuando Marisa le explicó que todo era en colores claros para crear una sensación de armonía en los pacientes. Si le preguntaran a Silvia, aquel sitio no tenía ni armonía ni bienestar; era un infierno.
Tras siete minutos que se le hicieron eternos, la puerta se abrió.
Ante sus ojos; con el pelo recogido en un moño deshecho, unas ojeras que marcaban aún más el blanco de sus ojos, una piel pálida y un cuerpo que había perdido unos diez kilos con facilidad. Anna estaba físicamente muy deteriorada; pero incluso así, Silvia no pudo evitar sonreír.
—Silvia... —susurró Anna sorprendida—. Has venido.
Asintió acercándose a ella, mirando al enfermero que, sorprendentemente, las estaba dejando solas; aunque se le podía ver por el pequeño cristal de la puerta como se quedaba custodiando. No dudaba tampoco, que alguien estaría mirando por la cámara ubicada en una de las esquinas de la habitación.
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CANTA(ME)
DragosteEl pasado y el presente de Silvia se ven enfrentados a causa de su jefa, la famosa Anna Llamas. Silvia, encargada del equipo de sonido de la exigente cantante; no lo tendrá nada fácil para soportar y controlar todo el torbellino que supone estar baj...
