Capítulo 21

188 31 11
                                        

—Salió hace unas horas —dijo su madre algo inquieta—. Necesitaba dar un paseo y estar sola. No sabía qué hacer y como tu estabas dormida...

—Hay que darle su espacio también.

—Ya, pero son muchas horas.

Julia miró a su madre, la preocupación salía por cada poro de su piel, no había manera de camuflarla. Marimar era una mujer muy preocupada en ese momento.

—¿Quieres que vaya a buscarla?

—Por favor.

Julia sonrió levemente, asintiendo y dejándole una pequeña caricia en el brazo a su madre.

No era la primera vez y siempre que le había tocado ir a buscar a su hermana, sabía que tampoco sería la última. En realidad, para eso se había pedido los días en el trabajo, para estar a su lado, para ser ese refugio que sabía que necesitaba.

Todo el pasado que ambas habían vivido separadas, quedaba muy lejano. Julia siempre iba a ser esa persona segura para Silvia, no iba a dudar nunca en dejar lo que fuera si su hermana pequeña la llamaba; siempre había sido así y siempre lo sería.

Quince minutos después de haber salido de casa, tras recorrer en línea recta la principal calle de la ciudad y llegar a la plaza donde estaba el ayuntamiento; la llamó por teléfono. La llamada no fue atendida, pero un mensaje con su ubicación le llegó enseguida.

Estaba en un parque cada vez con menos árboles, una pequeña zona para que los más pequeños se divirtieran en los columpios. Y es que allí, balanceándose, estaba Silvia. Probablemente porque hacía demasiado frío para que los niños pasaran tiempo en la calle.

Cuando Julia llegó, se sentó en el otro columpio, a su lado y prácticamente sin decir nada hasta que la pequeña no decidiera hablar.

—¿Te ha mandado mamá?

—Estaba preocupada.

—Hace bien...

—Silvia... —susurró Julia con miedo—. Dime qué piensas.

Quería darle espacio a su hermana, de verdad que quería que ella misma fuera consciente de su fuerza de voluntad, que después de tantos años, era una mujer fuerte y luchadora. Pero no podía cuando la angustia amenazaba con cada palabra que salía por la boca de su hermana pequeña.

—En Erika.

Eso no le gustaba nada, no era buena señal. Ese nombre y esa persona estaban prohibidas en esa familia. No había hueco para ella, jamás hablaban de ella, sus padres no querían ni acordarse; como si en toda la vida de su hija, esa persona, jamás hubiese aparecido.

—Fueron cinco años de relación y ni siquiera pasé el duelo.

—No se merece que la llores.

Esa respuesta consiguió toda la atención de Silvia, que miró a su hermana casi de inmediato.

—Me drogaba yo, Julia. Ella solo...

—Solo te metió en el mundo, te puso la primera dosis y te incitó para que siguieras. Sé que nos dijeron que no podíamos culpar a nadie, pero lo siento, Silvia, jamás dejaré de arrepentirme por dejarte salir con esa hija de puta.

Silvia subió las cejas, sonriendo levemente, ante un vocabulario tan inusual en su familia.

—Pienso en ella porque al final ha sido mi única relación... Estos años he estado tan ocupada en mi recuperación, en sentirme bien y en mi trabajo que, bueno, nunca he sacado tiempo para conocer a nadie. Hasta que conocí a Valentina. Quería apostar por ella de verdad, me gustaba mucho, Julia.

CANTA(ME)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora