Capítulo 22

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Se sentó en el sofá tras comprobar que eran casi las cinco de la mañana. Desbloqueó el móvil y entró en uno de los dos perfiles que tenía en la búsqueda; primero, el de Anna. Había subido únicamente dos: la foto de su comida y una con Rodrigo en el coche. Luego fue al suyo, al del novio de la cantante. Él había subido más de diez, las dos primeras durante el día en algún evento para influencers y el resto, de fiesta. De hecho, la última, había sido tan sólo hacía unos minutos.

—¿No puedes dormir?

Se sobresaltó al escuchar la voz de su madre, tanto, que el móvil se le escurrió de las manos.

—Perdona, cariño.

—No... —susurró recuperándose—. No puedo. No dejaba de dar vueltas y no quería despertar a Julia.

Su madre se sentó acariciando la pierna de su hija, mirándola con preocupación bajo la penumbra; pues ninguna de las dos había dado ninguna luz.

—¿Quieres hablar?

—Hablo mucho con Julia, puedes estar tranquila.

—Lo sé; pero, ¿quieres hablar?

Silvia no quiso contestar, al menos no inmediatamente; se acercó a su madre, apoyó su cabeza sobre el hombro y se quedó ahí, pensando, como no había dejado de hacerlo en ningún momento. Ambas agarradas de la mano, dejando que los minutos pasaran en un silencio sepulcral en toda la casa.

—Me echó la culpa.

—¿Valentina?

—No... Anna. —Levantó la cabeza comprendiendo el rostro de su madre, no acababa de entender muy bien a qué se refería—. Hemos estado fuera dos meses meses, peleando cada día... Y en cuanto volvimos, salió de fiesta y se volvió a drogar.

—¿Y te echó la culpa?

—Sí. Dijo que...

—Tú no tienes la culpa de que ella eligiera tirar por la borda todo su esfuerzo.

La frase de Julia, por detrás de ambas y desde la puerta, las asustó a ambas. Ni siquiera la habían escuchado andar, ni el sonido de la puerta. Pero allí estaba, tras abrir los ojos y no ver a su hermana pequeña a su lado dormida, se levantó dispuesta a encontrarla, como siempre.

—Es más complicado que eso...

—No es complicado, Silvia —asumió Julia completamente segura, sentándose en el reposabrazos, al lado de su hermana—. No es tu culpa.

Pero la pequeña suspiró, agachó la cabeza y apretó un poco más la mano de su madre; que no pasó por alto la reacción de su hija, a quién conocía perfectamente.

—¿Por qué es más complicado, hija? —preguntó con calma, intentando darle un colchón de confianza para que soltara todo lo que se estaba guardando desde que había llegado a casa—. Cuéntalo.

No estaba agobiada, era imposible estarlo cuando su madre y su hermana estaban allí, despiertas para ella e intentando ayudarla, comprendiéndola, dándole espacio; pero sobre todo, un soporte que Silvia siempre había tenido. Consciente que era la más frágil de toda la familia, agradecía siempre tener a su familia a su lado.

—En el retiro nos besamos —confesó finalmente, con la vista clavada en su móvil que giraba entre sus dedos—. No pasó nada más porque me separé, estaba Valentina y bueno... Estaba mal. Ella me pidió perdón y ambas actuamos como si no hubiese pasado nada. Hasta que a la vuelta yo llamé a Val y... —Tomó aire—. Me dijo que quería pasar la vuelta conmigo, pero que como yo me había ido, se sintió mal y por eso se drogó. Que si yo me hubiera quedado con ella, no lo habría hecho.

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