¿Cómo habría sido su vida si el amor lo hubiera envuelto como un refugio, si alguien lo hubiera amado con la pureza de quien no pide nada a cambio? Desde el instante en que lo vi, supe que mi corazón ya le pertenecía. No hubo dudas, no hubo miedos...
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"Entre murmullos de mensajes velados y el filo dulce del chantaje, el amor tambalea bajo el peso de la duda, mientras en el silencio de su vientre germina un nuevo secreto... y en sus mentes, la guerra ya ha comenzado."
Michael Time
El sol apenas despuntaba en el horizonte cuando sentí que Elisa se removía entre mis brazos. Su calor seguía impregnado en mi piel, pero su mirada aún parecía perdida los vestigios de algún sueño.
.-¿No dormiste?.- murmuró con voz ronca, dibujando pequeños círculos sobre mi pecho con la yema de sus dedos.
Negué suavemente, deslizando mis manos por su espalda desnuda.
.- No quería perderme esto.- susurré, acariciando su cabello.- Mirarte dormir es como ver a un ángel descansando.
Ella sonrió con esa dulzura que siempre lograba calmarme, pero en sus ojos percibí un destello de curiosidad.
.- Michael...- su tono se volvió más serio.- Estás preocupado por algo?- Tragué en seco. Elisa siempre me leía con facilidad.
.- No quiero que pienses en nada que te haga daño.- intenté desviar la conversación, presionando un beso en su frente.- Solo quiero que seas feliz, que estés tranquila.
Sus labios rozaron los míos en un roce efímero, pero lleno de una calidez que me atravesó el alma.
.- Soy feliz contigo.- susurró.- Y estoy tranquila cuando estás aquí.
Sus palabras fueron un bálsamo, pero el peso en mi pecho no desapareció del todo.
.
Más tarde, mientras Elisa se preparaba para nuestro desayuno en la terraza, yo permanecía sentado al borde de la cama, observando cómo la brisa movía las cortinas y dejaba entrar el sol de la mañana. Todo parecía calmo, sereno... pero dentro de mí, el presentimiento de que algo se avecinaba no me dejaba del todo respirar.
Tomé una bocanada de aire, intentando sacudirme esa inquietud. Mis ojos vagaron por la habitación hasta posarse en ella, cruzando el umbral con andar despreocupado, descalza, como si no supiera el efecto que tenía sobre mí.
Llevaba una pijama de tela ligera, casi translúcida, que se ceñía con suavidad sobre su piel. La luz del sol delineaba perfectamente el contorno de su cuerpo, dejando muy poco a la imaginación. No llevaba sostén. Mi mirada se demoró un segundo de más en la curva de sus pechos, en la forma en que el tejido parecía adherirse a su feminidad como una caricia.