¿Cómo habría sido su vida si el amor lo hubiera envuelto como un refugio, si alguien lo hubiera amado con la pureza de quien no pide nada a cambio? Desde el instante en que lo vi, supe que mi corazón ya le pertenecía. No hubo dudas, no hubo miedos...
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"Mi corazón late tan fuerte que temo que retumbe en todo el salón, pero aún así, no pienso silenciar su ritmo nunca más."
Han pasado ya dos días desde que llegamos a París, y todavía me pregunto en qué momento dije que sí. Quizás fue en ese silencio incómodo en la mesa, cuando él me miraba como si la respiración le dependiera de mi respuesta. Tal vez fue la forma en que sus palabras me hicieron recordar aquella promesa rota de hace un par de años... o, simplemente, porque una parte de mí necesitaba salir de Neverland, aunque fuera solo por un fin de semana.
París nos recibe con un cielo caprichoso. A ratos soleado, a ratos gris. Michael dice que eso es lo más parisino de todo, nunca sabes si abrir el paraguas o quitarte el abrigo. Y yo lo escucho, mientras acomodo con cierta torpeza la blusa sobre mi vientre que ya comienza a pesar un poco más, y aunque trato de caminar con calma, siento sus miradas constantes, las suyas y las del equipo de seguridad que nos acompaña a cada paso.
Prince se quedaría en el hotel con la niñera esa mañana. Antes de salir lo besé en la frente y me aseguré de que llevara su peluche favorito. Es curioso... parte de mí se siente culpable de dejarlo, aunque solo sea un par de horas. Pero Michael insistía en que también necesitaba respirar, mirar algo más que las paredes de Neverland, y aunque me resista, tenía razón.
El itinerario hasta ahora ha sido una mezcla de lo que él sueña y lo que yo me atrevo a aceptar. Caminamos por las orillas del Sena al atardecer (por supuesto custodiados y solo por un par de minutos), aunque me negué a subir a un barco turístico. Visitamos una librería pequeña, escondida en una calle que parecía sacada de una pintura. Ayer, él me llevó al Louvre, pero apenas recorrimos una parte; yo me cansé demasiado rápido, y él, en lugar de insistir, me ofreció su brazo y me llevó de vuelta sin reproches. Esa paciencia suya a veces me confunde más que sus silencios.
Lo cierto es que sigo renuente. No quiero dejar que el encanto de París me haga olvidar lo que pasó entre nosotros, ni tampoco quiero darle a él la impresión de que todo está perdonado. Pero mientras lo observo caminar unos pasos delante de mí, con esa forma casi infantil de mirar los edificios, como si los descubriera por primera vez, me sorprendo a mí misma preguntándome... ¿por qué aún me conmueve tanto verlo así?
Hoy, Michael había conseguido una exposición fotográfica de uno de mis mayores inspiraciones en la fotografía, así que, sin pensarlo, nos llevaría a una galería de Abbas Attar, era un reconocido fotógrafo por capturar momentos tan reales en lo político y social, que me llevo a realizar los proyectos anteriores en África tal cual el en muchas ocasiones hizo. Yo no sabía si aceptar. Parte de mí se aferraba a la idea de mantener los pies en la tierra, de no dejarme arrastrar por sus grandes gestos. Y otra parte... otra parte siente curiosidad, emoción y sobre todo encanto por tan grande gesto al conocer tan acertadamente mis gustos y dar con ello.
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Esa tarde, mientras Michael terminaba de arreglarse en la otra habitación, decidí llamar a Ana. Habíamos hablado poco desde que llegué a París y, como siempre, ella fue directa apenas escuchó mi voz.