La Mancion Malfoy

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Me quedé allí de pie, en medio del Gran Comedor, con la mirada fija en la puerta por donde Harry había salido. El murmullo volvió a llenar el lugar, como si el mundo no se hubiese detenido para mí.

Tragué saliva, apretando los labios con fuerza, y me giré para volver a la mesa de Slytherin. Pero no pude. El orgullo me pesaba, y la tristeza se colaba por las grietas.

¿Cómo podía simplemente ignorarme así?

Yo no le había ocultado mi relación por malicia, sino por miedo. Miedo a perderlo. Y ahora parecía que igual lo había perdido.

Subí a la torre sin decir palabra a nadie. Necesitaba aire. Distancia. Quizá tanto como él.

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Estaba hojeando un libro al azar en una esquina silenciosa cuando sentí una presencia familiar sentarse a mi lado.

—No va a hablar todavía —dijo Hermione en voz baja, sin rodeos—. Pero quería que supieras algo.

Levanté la vista lentamente. Sus ojos castaños estaban cargados de preocupación.

—¿Qué pasó?

Hermione suspiró y bajó un poco más la voz.

—Tuvo una pesadilla anoche. Dijo que vio algo... algo sobre el padre de los Weasley. Un ataque. No sabe si fue real o una visión, pero estaba completamente alterado. McGonagall lo encontró en el pasillo y Dumbledore lo mandó a su despacho.

Mi corazón se apretó.

—¿Arthur está bien? —pregunté al instante.

—Sí, Dumbledore mandó a alguien a verificarlo. Pero Harry está convencido de que algo oscuro lo conecta con eso. Está... asustado.

Me quedé en silencio unos segundos, procesando cada palabra. Quise correr a buscarlo, abrazarlo, decirle que todo estaría bien. Que aunque estuviera molesto conmigo, no dejaba de ser mi hermano. Pero...

—Él no quiere verme, Hermione —dije en voz baja, mirándome las manos—. Lo vi en sus ojos. Así que no voy a forzarlo. Si necesita tiempo, se lo voy a dar.

Hermione me tocó el brazo con cariño.

—Él te quiere. Solo está herido. Como tú.

Asentí, sintiendo que algo se quebraba en mí, pero también que debía ser fuerte. Como mamá. Como papá. Como Lupin me había enseñado.

Porque ser una Potter —aunque nadie lo supiera— era resistir, incluso cuando dolía.

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El castillo estaba más silencioso de lo normal. Los pasillos comenzaban a vaciarse mientras los estudiantes hacían sus maletas y hablaban con entusiasmo de los días festivos que se acercaban. Afuera, la nieve caía suavemente, pintando de blanco los terrenos de Hogwarts.

Yo me senté en el alféizar de mi ventana con la varita entre los dedos, dudando. Tenía que hacerlo, aunque no estuviera segura de cómo lo tomaría. Finalmente, tomé aire y apunté con la varita a la pequeña esfera encantada que siempre usaba para comunicarme con él.

—Expecto vocem.

La esfera brilló suavemente antes de emitir un leve zumbido. A los pocos segundos, la figura de Remus Lupin apareció, borrosa al principio, pero clara con el paso de los segundos. Sus ojos, amables como siempre, se suavizaron al verme.

—Lianne —dijo con esa voz tranquila que conocía tan bien—. ¿Todo está bien? Pensé que ya estarías preparando tus cosas para venir a Grimmauld Place mañana.

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