Volver a vivir

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Meses después...

La guerra había terminado, pero Hogwarts aún vibraba con ecos del pasado.

El gran comedor volvía a estar lleno, esta vez no de caos, sino de nervios por los exámenes finales. Nosotros —los que habíamos abandonado nuestros estudios para luchar— regresamos para cerrar ese capítulo.

Fue raro, tener un pergamino en las manos después de haber sostenido varitas ensangrentadas. Pero también fue sanador.
Y todos aprobamos. Incluso Ron, para su propio asombro.

Ahora las cosas eran distintas.

Hermione trabajaba en el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas. Peleaba por derechos, firmaba papeles, y aún así encontraba tiempo para pasarse por nuestra casa y dejar volar un par de decretos nuevos.

Harry, Ron y yo habíamos ingresado oficialmente al Programa de Aurores.
Después de todo, no sabíamos vivir sin perseguir sombras.
Pero ahora las cazábamos por justicia, no por venganza.

Y yo...
Yo vivía en la Mansión Malfoy.

Nunca pensé que ese lugar, antes tan frío, pudiera sentirse como un hogar.
Pero ahora las paredes estaban vivas.
Las cortinas se abrían con la luz.
Y el aire olía a libros antiguos, café por las mañanas... y Draco.

Narcissa vivía con nosotros.
No era la misma mujer que una vez contempló la sangre como un deber. Ahora tejía bufandas, leía novelas de misterio y miraba a su hijo como si cada respiración suya fuera sagrada.

Lucius, en cambio, estaba en Azkaban.

Draco no hablaba mucho de ello.
A veces lo encontraba en el invernadero, mirando al cielo sin decir palabra, y yo solo lo abrazaba. Algunas heridas no podían sanarse con hechizos, pero el amor hacía el trabajo con más suavidad.

—¿Sabes qué es lo más extraño? —me dijo una noche mientras mirábamos las estrellas desde el balcón.

—¿Qué?

—Que alguna vez pensé que mi vida se acabaría con la guerra...
Y ahora solo puedo pensar en cómo va a empezar contigo.

Lo miré, con el corazón latiéndome lento y seguro.

—Ya empezó, Draco. Ya estamos viviendo la historia después del final.

Sonrió, y yo me acerqué un poco más.

Porque después de tanta oscuridad, él era mi hogar.
Y yo era el suyo.

(...)

La luz del sol entraba por los ventanales de la sala, iluminando el suave tono crema de las paredes recién encantadas. Habíamos cambiado casi toda la decoración: adiós a las alfombras oscuras y pesadas, hola a las flores encantadas que parpadeaban con tonos suaves cuando estabas de buen humor. (Según Draco, se volvían rojas cuando estaba furiosa, lo cual, para su desgracia, ocurría seguido).

Narcissa se había adaptado mejor de lo que imaginé.

Ese día, por ejemplo, la encontré en la cocina con una bata celeste claro, revolviendo una poción relajante con expresión serena. No usaba varita. Solo una cuchara y una sonrisa.

—Buenos días, Lianne —dijo al verme entrar descalza, con el cabello alborotado—. ¿Quieres desayuno? Draco dijo que preferías tus huevos a medio cocer, como buena salvaje.

—¿Ah, sí? Pues dile a Draco que prefiero mis huevos como prefiero a mis hombres: suaves por fuera y blanditos por dentro.

—¡Oí eso! —se escuchó desde el piso de arriba.

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⏰ Última actualización: Oct 01, 2025 ⏰

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