Spellbound

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Salimos de Las Tres Escobas con la barriga llena de cerveza de mantequilla caliente y un silencio incómodo colgando entre nosotros. Ginny seguía en mi cabeza como una pregunta sin respuesta, pero nadie se atrevía a decir más del tema. Harry iba caminando con las manos en los bolsillos, absorto en sus pensamientos, Hermione fruncía el ceño mientras analizaba mentalmente todo lo que acababa de ver, y Ron... bueno, Ron parecía en una nube de rabia contenida.

La nieve caía en copos grandes y lentos, cubriendo el camino de regreso al castillo con un manto blanco que crujía bajo nuestras botas.

—¿Es raro que desee que vuelva Umbridge con tal de que el mundo se calme un poco? —murmuré por lo bajo.

—Sí —respondieron los tres al mismo tiempo.

Entonces, un grito.

Agudo.
Inhumano.
Aterrador.

Nos detuvimos como si nos hubieran lanzado un Petrificus Totalus. Giramos al unísono hacia el sonido, y mi estómago se encogió.

Una estudiante yacía en el suelo, retorciéndose de manera espeluznante. Sus brazos y piernas se agitaban sin control, como si algo invisible la sacudiera desde dentro. Su rostro estaba desfigurado por el dolor, y un chillido más cortó el aire como un cuchillo helado.

—¿Katie? —susurró Hermione.

Entonces, ocurrió lo imposible: su cuerpo comenzó a elevarse.
Lentamente.
Como si la gravedad la rechazara.

Yo di un paso hacia adelante, pero una voz tronó con fuerza:

—¡NADIE SE ACERQUE!

Hagrid venía corriendo desde el otro extremo del camino, la capa agitada como una ola negra. Su rostro estaba más pálido de lo que jamás lo había visto.

Katie Bell cayó con fuerza al suelo como si alguien hubiera cortado los hilos que la sostenían. Un golpe seco. Silencio.

Corrí unos pasos más, pero Hagrid ya la había levantado en brazos con una delicadeza que contrastaba con su tamaño.

—¡No toquen nada! —ordenó—. Solo la envoltura... no el paquete. ¡¿Me han entendido?!

Yo asentí, tragando el miedo que me apretaba la garganta. En el suelo había una pequeña caja envuelta en papel brillante. La miré y sentí cómo mi sangre se volvía hielo.

La envoltura brillaba, pero no en un sentido bonito. Tenía algo... malicioso.

—Vamos. Al castillo, ya —dijo Hagrid, y todos comenzamos a correr tras él.

Llegamos empapados de nieve y sudor a la oficina de la profesora McGonagall, donde ella ya esperaba con expresión seria. En un rincón, la amiga de Katie —Leanne, si no me fallaba la memoria— lloraba con las manos apretadas contra el regazo.

—¿Dices que no sabías que Katie tenía ese paquete? —le preguntó McGonagall, con tono autoritario pero no cruel.

—¡No! Yo... —sollozaba— yo fui al baño. Solo un momento. Al regresar, Katie ya tenía el paquete en las manos. Dijo que... que se lo tenía que dar a Dumbledore.

La profesora asintió lentamente, luego la envió con la enfermera y cerró la puerta.

Y se giró hacia nosotros.

Harry, Ron, Hermione y yo estábamos en fila como cuatro delincuentes reincidentes.

—Y ahora díganme —dijo McGonagall, cruzándose de brazos—, ¿por qué siempre que ocurre algo extraño en esta escuela, ustedes cuatro están involucrados?

Always  | Draco Malfoy |Donde viven las historias. Descúbrelo ahora