Liars

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—¡¿Cómo pudiste?! —gritó Harry, con una furia que casi partía el aire—. ¡Habla! ¡Tú lo mataste! ¡Tú mataste a Dumbledore!

Snape no se inmutó. Su varita estaba levantada. Su rostro, imperturbable. Su figura oscura contrastaba con el fuego que ardía en los ojos de mi hermano.

Pero no tuvo tiempo de responder.

La puerta se abrió de golpe, y la profesora McGonagall irrumpió como una tormenta.

—¡Aléjate de mis estudiantes, Severus! —gritó, colocándose a nuestro lado, su varita en alto, como una espada.

Él no dijo una palabra.

El primer hechizo vino de ella: una llamarada brillante y precisa. Snape la esquivó, ágil, rápido como una sombra. Luego otro hechizo, y otro más. McGonagall era feroz, sus hechizos eran rápidos y letales, pero Snape... no contraatacó. Solo se defendía, esquivando.

Y entonces, desapareció. Se esfumó entre las sombras y el fuego, dejando una estela de silencio tras de sí.

Mis pulmones ardían. El aire estaba cargado de magia, miedo y algo más... algo parecido a esperanza.

Volteé y mis ojos se llenaron de lágrimas al ver a Remus y Tonks entre la multitud. Sin pensarlo, corrí hacia ellos y me lancé a sus brazos.

—¡Papá! ¡Mamá!

Me abrazaron con fuerza, los tres temblando. Meses sin vernos, sin hablarnos, sin saber si el otro estaba vivo... y ahí estábamos, otra vez juntos. Aunque el mundo se estuviera derrumbando.

—Mi niña —susurró Tonks, con la voz rota.

—Estás bien, gracias a Merlín —agregó Remus, besándome la frente.

Pero la paz duró poco.

Gritos. Desde distintos puntos del comedor.

Los estudiantes se agitaban, la tensión se esparcía como un veneno. Y entonces...

La voz de Voldemort.

—Harry Potter. Ofrézcanme al muchacho. Tienen una hora. Nadie más tiene que morir. Entréguenlo... y Hogwarts quedará en paz.

Sentí cómo la sangre se me helaba.

El silencio fue absoluto... al principio.

Y luego vinieron los susurros, los gritos. Unos decían que debíamos entregarlo. Otros lo defendían con rabia. La comunidad mágica estaba dividida frente al miedo.

Yo no me moví.

Solo caminé por el Gran Comedor, esquivando miradas, buscando rostros familiares. Y entonces las vi: Pansy y Astoria. Mis amigas. Mis hermanas elegidas.

Corrí hacia ellas y las abracé.

—Estás viva... —susurró Astoria, con los ojos brillantes.

—Pensamos que nunca volveríamos a verte —agregó Pansy, con una sonrisa que intentaba ser valiente.

—No iba a dejar que se acabara el mundo sin verlas de nuevo —dije, con una sonrisa triste.

Nos separamos, pero seguíamos de la mano, como si al soltarla algo pudiera romperse para siempre.

—Lianne... —dijo Pansy, bajando la voz—. Ya vienen. Los mortífagos. Todos. Esto solo acaba de comenzar.

—Lo sé —dije. Y sentí, en el fondo de mi pecho, una chispa encenderse—. Pues que vengan.

Las puertas del Gran Comedor se abrieron de par en par.

—¡Todos los estudiantes deben ir al refugio! —ordenó McGonagall con voz firme, la que usaba cuando no había espacio para discusión.

Always  | Draco Malfoy |Donde viven las historias. Descúbrelo ahora