Apenas terminó el desayuno y los murmullos sobre el nuevo decreto comenzaron a llenar los pasillos, me escabullí entre la multitud. Localizar a Fred y George Weasley no era precisamente fácil —siempre estaban en movimiento, siempre con una travesura en marcha—, pero yo tenía una ventaja: sabía dónde solían esconderse cuando estaban tramando algo especialmente explosivo.
Los encontré justo donde esperaba, detrás de una tapicería medio caída del sexto piso, cerca de una armadura encantada que tose si la miras mal.
—¿Lianne Lupin en persona? —dijo Fred al verme aparecer, como si yo fuera la inspectora del Ministerio.
—¿Vienes a detenernos o a unirte a la causa? —añadió George con una sonrisa cómplice.
—Vengo a mejorarla —respondí, cruzándome de brazos.
Ambos levantaron las cejas.
—Hablen claro —dijo Fred—. ¿Qué clase de caos se te ha ocurrido?
—Una broma para Filch —dije con aire conspirador, bajando la voz—. Tengo una receta que encontré en un libro de pociones olvidado en la sección prohibida... Chocolates encantados. Aparentemente normales hasta que das el primer mordisco. Entonces te brotan granos... pero no comunes: gigantes, relucientes, con forma de narices. Y no se van hasta que alguien te lanza un *Finite Incantatem*.
George soltó una carcajada que hizo temblar la armadura. Fred ya estaba sacando una libreta arrugada.
—¿Te das cuenta de lo brillante que es esto?
—Pensaba en dejarlos estratégicamente sobre su escritorio —dije—. Con una notita de "Con cariño: Dolores". Él no podrá resistirse a culpar a Umbridge. Y si la come... bueno, doble diversión.
—Merlín bendiga a los Potter —dijo George.
—Como sea —añadió Fred—. Querida Lianne, oficialmente te declaro parte del Comité Revolucionario No Oficial de Hogwarts.
—Acepto con gusto —respondí.
Mientras trazábamos los detalles, me sentí extrañamente ligera. Como si, en medio del caos, del miedo y de los decretos, un poco de broma mágica fuera justo lo que necesitábamos para recordar que todavía podíamos resistir.
Con una sonrisa cómplice, Fred me pasó una pequeña caja vacía.
—Llénala de tus chocolates. Nosotros nos encargamos del resto.
Y con eso, la batalla mágica contra Filch estaba oficialmente en marcha.
Habíamos colocado la caja con sumo cuidado. Justo en la vieja mesa de Filch, al lado del tintero que siempre dejaba mal cerrado y un pergamino que olía sospechosamente a humedad. Fred le hizo un encantamiento de trampa mágica para que se abriera cuando alguien la tocara, y George dejó la nota: "Con cariño: Dolores", escrita con una letra que parecía salida del mismísimo Ministerio.
Yo solo añadí el toque final: un hechizo que activaba el brote facial apenas el chocolate tocaba la lengua.
Nos escondimos tras una columna. No éramos los únicos observando: algunos estudiantes se detuvieron al vernos agazapados y supieron que algo estaba por suceder. La reputación de los gemelos y la mía era casi un faro de advertencia.
—¿Listos para la gloria? —susurró Fred.
—O para la expulsión —añadió George con una sonrisa.
—Siempre lista —dije, conteniendo una risa nerviosa.
Y entonces apareció Filch, arrastrando los pies y murmurando algo sobre huellas de barro. Su mirada cayó en la caja. La tomó con recelo, leyó la nota, y esbozó una sonrisa torcida.
—Al fin alguien con buen juicio —gruñó.
Perfecto, pensé.
Abrió la caja. Tomó uno de los chocolates. Lo inspeccionó. Lo olió.
—Oh, por favor, ya cómetelo —susurró Fred impaciente.
Y como si nos hubiera escuchado, Filch se lo metió a la boca de un bocado.
Tres segundos. Cuatro.
¡*BAM*!
Una explosión de granos gigantes brotó en su rostro. Uno en forma de nariz le cubrió la frente. Otro pulsaba como si tuviera vida propia. Filch chilló tan fuerte que Peeves, que flotaba cerca, se cayó de risa en el aire.
—¡¿QUÉ DEMONIOS ES ESTO?! —gritó, rascándose sin éxito mientras corría en círculos.
George se reía tan fuerte que se apoyó en Fred. Yo casi me caigo al suelo de tanto reír. Varios estudiantes grababan con plumas encantadas. Peeves le tiró un globo de tinta encima mientras cantaba:
"Granito feo, cara de troll, qué dulce regalo de un alma sin control."
—¡VOY A ENCONTRAR A LOS RESPONSABLES! —berreó Filch mientras huía hacia la oficina de Umbridge, granos palpitantes y todo.
Fred me miró.
—¿Estás segura de que no tienes sangre Weasley?
—Estoy segura de que ustedes tienen sangre Potter en espíritu —respondí, todavía riendo.
Y mientras el caos se desataba, yo solo pensaba en una cosa: si esto era meterse en problemas, ojalá nunca saliera de ellos.
---
Apenas puse un pie dentro, supe que estaba en problemas. No con Umbridge —ella aún no había logrado encontrarme—, ni con Filch, que seguía cubierto de granos con forma de dedos. No. Esta vez el que me esperaba era Harry.
Estaba en uno de los sillones cerca del fuego, los brazos cruzados, la ceja arqueada como si tuviera treinta años en vez de quince. Hermione estaba a su lado, con el rostro escondido tras un libro, pero ni eso ocultaba la forma en que trataba de no sonreír. Ron... bueno, Ron simplemente parecía entretenido.
—¿Disfrutaste el espectáculo? —fue lo primero que dijo Harry.
—Muchísimo, gracias por preguntar —respondí, sin perder la sonrisa mientras me dejaba caer en el sillón frente a él.
Él no sonrió. Ups.
—Lianne —empezó con ese tono de hermano mayor que tanto odiaba—. ¿Sabes que Filch fue a la oficina de Umbridge diciendo que lo envenenaron?
—Oh, por favor. Le brotaron granos. Ni siquiera fue grave. Técnicamente podría considerarse tratamiento estético.
—¡Eso no es gracioso!
—Fue un poco gracioso —intervino Ron, ganándose una mirada asesina de Harry.
—Esto te podría haber metido en un lío, uno de verdad. ¿Y si descubren que fuiste tú?
—Harry, llevo años metida en líos —le recordé—. No puedo vivir en una caja con la etiqueta "frágil, no tocar". No soy una taza de porcelana. Soy tu hermana.
—Precisamente —dijo él, bajando la voz—. Porque eres mi hermana. ¿Sabes lo que haría Voldemort si llegara a saber que estás aquí? Que estás viva. Que estás haciendo magia sin varita, rompiendo reglas, llamando la atención.
Me callé.
A veces olvidaba cuánto lo preocupaba todo eso. No por falta de cariño... sino porque me rehusaba a vivir con miedo.
—No fue solo por divertirme —dije, ahora más seria—. Ese decreto, los interrogatorios... esto se está volviendo peor cada día. La gente tiene miedo. Y yo, por lo menos, puedo hacer que se rían. Aunque sea por un rato.
Harry me miró largo rato. No dijo nada. Luego suspiró y se pasó una mano por el pelo.
—Solo... ten cuidado. No quiero perderte. No después de todo lo que ya pasó.
Me acerqué, me senté en el apoyabrazos del sillón y le revolví el pelo como cuando éramos más chicos. Él hizo una mueca, pero no se apartó.
—No me vas a perder, Harry. Siempre voy a estar donde estés tú.
—¿Aunque eso implique no hacer estallar a Filch?
—Bueno... ahí negociamos.
Ambos reímos, aunque en el fondo sabíamos que nada de esto estaba tan lejos de salirse de control.
ESTÁS LEYENDO
Always | Draco Malfoy |
Fanfiction¿Que pasaría si Harry Potter no fuera hijo único? ¿Si los Potter fueran descendientes de Merlin? ¿Que pasaría si no fuese Harry Potter el que derrotara a Voldemort? Victoria Lianne Lupin o debo decir Potter en secreto. "La princesa de Slytherin"...
