Felix Felicis

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Los pasillos estaban repletos. Estudiantes que no sabían a dónde iban, otros que se chocaban entre sí, un par discutiendo sobre libros de texto, y un grupo de tercero lanzando hechizos disimulados con sus varitas escondidas entre túnicas. Hogwarts en su más puro caos. Sonreí.

—¡POTTER! —escuché una voz severa al fondo.

No Harry. Yo.

Giré y vi a la profesora McGonagall en medio del pasillo, como una columna inamovible entre el mar de estudiantes. Algunos retrocedieron en cuanto la vieron, otros fingieron no estar haciendo nada sospechoso. Me abrí paso entre ellos.

—Profesora —dije, acomodando la corbata de mi uniforme.

—Señorita Potter —asintió, sus labios apenas curvándose en una mueca que podría considerarse una sonrisa si uno tenía mucha imaginación—. Necesitamos reforzar sus sesiones privadas.

—¿De magia antigua? —pregunté, en voz más baja.

Asintió.

—Y de magia sin varita. Sus progresos son notables, pero no podemos confiar únicamente en talento natural. Si lo que sospechamos es cierto, necesitará un dominio absoluto.

Tragué saliva. No había ni un atisbo de exageración en su tono. Solo preocupación oculta bajo la rigidez habitual.

—Sí, profesora. Haré todo lo que haga falta.

—Eso esperaba —respondió, ya girándose para atrapar con la mirada a un par de alumnos de Hufflepuff que se estaban empujando detrás de una armadura.

Me escabullí antes de que me pusiera a organizar filas. La clase de Pociones estaba a punto de comenzar.

El aula olía a eucalipto, menta y algo que parecía... ¿melón? Horace Slughorn era todo lo opuesto a Snape. Su despacho rebosaba de botellas de cristal decoradas, libros apilados sin orden, y un caldero que burbujeaba en una esquina sin supervisión.

—¡Ah, Lianne, Lianne Potter! ¡Mi joya! —exclamó al verme entrar—. Pasa, pasa, querida. Ya verás, he traído una receta especial hoy. Algo que te dejará el cabello tan brillante como el de una Veela. No que tú lo necesites, por supuesto —añadió con una risa regordeta.

Rodé los ojos con una sonrisa mientras me sentaba junto a Blaise, que me dedicó una mirada divertida.

—¿Crees que si le pido una poción para hacerme invisible deje de decirle "mi joya" a la mitad del curso?

—Probablemente te dé un frasco y te pida una foto autografiada —le respondí.

Draco aún no llegaba. Miré hacia la puerta con un nudo invisible en el pecho. Sabía que estaba evitando algunas cosas. Yo solo... esperaba que no me evitara a mí también.

Slughorn comenzó a repartir los ingredientes para preparar una poción de memoria. Mientras el aula se llenaba del sonido de cucharones contra calderos y de pequeñas explosiones suaves, volví a concentrarme. Tenía que dominarlo todo. Incluso aunque por dentro me estuviera rompiendo un poco.

Estaba revisando por tercera vez la proporción de pétalos de valeriana cuando escuché la puerta abrirse de nuevo. No necesitaba mirar. Lo sentí.

Draco.

Mi corazón dio un vuelco tan sutil que apenas lo percibí, pero mis manos, traicioneras, temblaron un segundo. Disimulé, inclinándome sobre el caldero justo cuando él pasaba por detrás de mí para sentarse con Blaise. No me miró. Pero lo sentí cerca.

—Muy bien, muy bien, clase —canturreó Slughorn, agitando sus manos—. ¡Hoy prepararemos una poción muy especial! La *Draught of Peace*. Requiere precisión, paciencia y un poco de arte. Ideal para evaluar quién merece mi codiciada botella de Felix Felicis.

Hubo un murmullo general. La suerte líquida. Algunos chicos se enderezaron, otros se miraron entre ellos con ambición pura. Harry, unas mesas más adelante, soltó un suspiro como si lo último que quisiera fuera más presión.

—Recuerden —añadió Slughorn—, el color debe ser plateado, sedoso, sin ningún rastro de burbujas ni grumos. El aroma... ligero como lavanda. ¿Preparados? ¡Adelante!

Me puse manos a la obra. Los movimientos me salían con una facilidad instintiva. Era como tejer algo que mis dedos ya sabían desde antes que mi mente lo procesara. Añadí el polvo de piedra lunar justo cuando mi poción comenzaba a hervir y revolví en sentido contrario a las agujas del reloj, tal como indicaba la receta.

De reojo vi a Harry, con el ceño fruncido, pero concentrado. Y, más allá, Draco... Su expresión era cerrada, frustrada incluso. Volví la vista a mi caldero.

Pasaron los minutos. El olor de las pociones mal hechas empezaba a invadir la sala —uno olía a humo, otro a huevo podrido—, pero la mía... brillaba. Literalmente. Un tono plateado, como un velo de seda flotando sobre el agua.

Slughorn pasó por mi lado, olfateó el aire con teatralidad y sonrió.

—¡Perfecta, señorita Potter! ¡Preciosa! —luego fue hacia Harry y exclamó algo similar—. ¡Maravilloso, muchacho! Veo que la familia Potter tiene talento para las pociones. ¡Y eso que a tu padre nunca se le dio demasiado!

Ambos compartimos una sonrisa silenciosa. Algo extraña, pero cálida.

Al final de la clase, Slughorn anunció:

—¡El premio a la mejor poción de hoy es para...! Bueno, realmente es un empate entre los Potter —dijo riendo—. Pero solo tengo un frasquito de Felix Felicis. Así que...

Me giré hacia Harry y extendí mi mano.

—Tómalo tú.

—¿Qué? No, Lianne...

—Vamos. Tú lo necesitas más. Tienes esa cara de meterte en líos. Yo prefiero encontrar mis caminos sin suerte —le dije, dándole un pequeño guiño.

—¿Segura?

—Segurísima.

Slughorn aplaudió como si acabara de presenciar una escena de Shakespeare.

—¡Qué generosidad! ¡Qué espíritu de equipo! ¡Esto es lo que me encanta de ustedes, jóvenes promesas!

Mientras recogíamos los materiales, me acerqué al caldero de Draco. No le había salido mal, pero tampoco perfecto. Vi cómo apretaba los puños cuando creyó que no lo miraba.

Me acerqué, apoyando suavemente mi mano sobre su espalda.

—Te salió mejor que la semana pasada —susurré, con una sonrisa.

Él solo asintió, sin mirarme.

Algo se estaba resquebrajando. Lo sentía.

Pero también sabía que, por ahora, tenía que esperar a que él me lo contara.

Always  | Draco Malfoy |Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora