Gian
Llegamos puntual al muelle a medianoche. Sin un minuto de demora. El encuentro con Cato Ozaki me tenía nervioso. No porque fuera un asunto de negocios, sino porque se sentía personal. Él era el hermano de Nara y yo quería agradarle. Contar con su aprobación. Ganarme su respeto.
Me ajusté el abrigo mientras escaneaba la zona aislada. No había señales de él todavía. Solo el sonido de las olas golpeando las piedras. Luciano le dio una calada al cigarro, resoplando ante el tenso ambiente. Había insistido en acompañarme a pesar de que le pedí que se tomara un descanso. Tonto de mi parte asumir que obedecería. Era mi hermano. Siempre me cubriría las espaldas, incluso con una herida de bala aún fresca en el brazo. Idiota imprudente.
—Odio a la maldita gente impuntual —refunfuñó Luciano con mal humor.
Puse los ojos en blanco y acomodé la bufanda alrededor de mi cuello.
—Relájate. Estará aquí pronto —afirmé—. Si estás tan impaciente, puedes regresar a casa. Tu esposa te espera. Ve con tu pequeña flor.
Luciano me frunció el ceño.
—No te dejaré solo, Gian. No insistas de nuevo o te romperé la cara —Su temperamento se disparó y yo contuve la sonrisa—. No confío en el japonés ni en su novia loca.
—¿Novia loca? —cuestioné.
—Su prometida.
—Ah—dije con indiferencia.
La reputación de Natasha Stepanova no me pasaba desapercibida. Años encerrada en el Gulag la habían convertido en una psicópata. Aunque, siendo justo, no podía juzgarla. No la conocía. Solo había escuchado los rumores que la rodeaban. Decían que la rusa amaba torturar hombres por diversión. Y si algo estaba claro, era eso. Cada vez que Stepanov atacaba mi territorio, me enviaba como obsequio los restos de mis soldados. Sospechaba que Natasha hacía el trabajo sucio por él. Lindo.
—¿Recuerdas en qué hemos quedado? —Me froté las manos, exhalando una voluta de humo que se disipó en el aire helado.
Luciano asintió de mala gana.
—Estás a cargo. Mantendré la boca cerrada —gruñó, como si le costara cada palabra.
—Gracias, hermano —murmuré, con una palmadita en su hombro.
Yo era más diplomático en ciertas situaciones. Luciano, en cambio, era demasiado temperamental. Lo que menos buscaba era arruinar esto. Todo tenía que salir perfecto, sin errores que le diera una mala impresión a Cato. Apostaba a que ya estaba al tanto de mi relación con su hermana. Era un hombre poderoso y los hombres poderosos tenían ojos en todas partes. Influencia en cualquier rincón del mundo. Nara había escapado de Tokio, sí, pero eso no significaba que su familia la hubiera olvidado.
La tensión abordó mis músculos y empecé a preguntarme por qué solicitó que la reunión se adelantara. ¿Urgencia real? ¿Un simple cambio logístico? ¿O algo más? No tuve tiempo de averiguarlo por mí mismo. El silencio asfixiante fue interrumpido por el rugido de una motocicleta deportiva que se acercaba a toda velocidad. El vehículo frenó con un chirrido justo al borde del muelle, dejando una capa de humo.
Dos figuras emergieron de la oscuridad y se sacaron los cascos. Iban vestidos de negros de pies a cabeza. Cato Ozaki bajó primero, con pasos firmes y decididos. Su expresión era inescrutable. Su chaqueta de cuero ceñida resaltaba sus músculos y sus ojos rasgados me miraban fijamente.
Una mujer apareció detrás de él con una apariencia elegante y letal. Su cabello largo y lacio, casi blanco, caía en cascadas hasta su esbelta cintura, combinando con su piel pálida como la porcelana. Sus ojos azules competían con la frialdad de la noche. Deduje al instante que ella era la rusa.
