Capítulo 20

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Nara

Al día siguiente me desperté con el aroma de galletas recién horneadas. Eran dulces. Una mezcla de chocolate y esencia de vainilla. Estiré los brazos mientras sentía a mis huesos crujir por el movimiento. El dolor entre mis piernas era latente, delicioso. Un recordatorio de la noche intensa que habíamos compartido Gian y yo.

Me levanté de la cama y recogí su camisa que estaba extendida sobre el sillón cerca de la ventana. El sol apenas se estaba asomando en el horizonte cerca de la Torre Eiffel. ¿Qué hacía Gian despierto tan temprano? Cubrí mi cuerpo con la fina tela de lino y salí de la habitación. Estaba descalza, el cabello despeinado y todavía cansada, pero la necesidad de verlo era mucho más grande.

Me dirigí a la cocina y me detuve un segundo para apreciar la maravilla ante mis ojos. No me acostumbraría jamás a este privilegio. Gian estaba de espaldas mientras colocaba cuidadosamente las últimas galletas en una bandeja engrasada. Vestía un simple pantalón de chándal que colgaba de sus caderas. La isla era un desastre. Había tazones, envases de leche vacías, restos de harina y chocolate. Me ahogué con una pequeña risita que delató mi presencia y él me miró por encima del hombro.

—Buenos días, preciosa.

Me derretí ante la mención de mi apodo. Sonaba lindo, pero para mí tenía un significado mucho más profundo. Amaba que me llamara así.

—Hola —Acorté la distancia y le di un beso en la mejilla—. Todo huele muy bien. Realmente te estás tomando en serio el papel de chef.

Una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Son solo galletas.

—No lo creo —dije—. ¿De dónde sacaste los suministros?

—Me aseguré de pedírselo al hotel porque quería cocinar para ti.

Mi corazón se agitó.

—Aprecio que lo hayas hecho, pero...

Frunció el ceño.

—¿Pero?

—Te ves agotado —Aparté algunos rizos de su frente—. ¿Qué tal si te ayudo a terminar y después regresamos a la cama? O quizás desees tomarte una ducha antes...

Me atrajo a su cuerpo y besó mi pelo.

—Me siento increíble, Nara. Disfruto las madrugadas —explicó—. Es normal que esté despierto a esta hora. Normalmente invierto mis mañanas en el gimnasio o paseo a mis perros.

—Oh...

—Pero sí, podemos regresar a la cama pronto —Se inclinó y su boca se reunió con la mía en un beso lánguido—. Primero terminemos de hornear esto.

—Claro.

Me guiñó un ojo.

—Pásame la harina.

Gian me acompañó en cada proceso para hornear las galletas y fingí prestar atención, aunque mis ojos seguían vagando por sus fuertes brazos y sus abdominales definidos mientras amasaba la masa dulce. Dios, estaba babeando.

—Ahora le añadimos un poco de coco —dijo y parpadeé.

—¿Eh?

Negó hacia mí, su sonrisa se ensanchó con esos hoyuelos que me volvían loca.

—Todo estará listo en cuarenta y cinco minutos —Metió la bandeja llena en el horno y después me alzó por la cintura. Mis piernas lo rodearon mientras me llevaba a la habitación. Alboroté su cabello rubio que estaba salpicado con harina y sonreí—. Qué hermosa eres por las mañanas, cariño.

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