Gian
Me paré frente al ventanal de mi oficina y observé la vibrante ciudad de Palermo. Ni siquiera le presté atención a Luciano y a su dichoso plan de marketing. Lo adecuado era buscar nuevos inversores después de los fracasos en París, pero mi mente estaba concentrada en una sola cosa. Más bien en alguien.
Nara...
El recuerdo de su piel todavía ardía en mis manos, su voz, su aroma, el temblor en su boca cuando me dijo que ambos teníamos cosas que decirnos y aun así no hablamos de nada importante. Ella me devolvió el beso, sí, pero la noté tensa, distante. Algo le estaba ocurriendo y necesitaba averiguarlo pronto. ¿Sabía que su hermano estaba en la ciudad? Claro que no. Cato no parecía ser el tipo que compartía mucho, pero estaba claro que su hermana le importaba. De lo contrario, no habría solicitado esa reunión conmigo. Él quería ponerme a prueba. Quería saber qué tanto estaba dispuesto a arriesgar por Nara.
La respuesta a su pregunta era sencilla: Arriesgaría absolutamente todo por Nara.
No dejaría que ningún recién aparecido, ni mucho menos un psicópata como Raiden Tanaka se la llevara lejos de mí. Nara era la única luz al final del túnel oscuro en que se había convertido mi vida. Ella me devolvió cosas que creía haber perdido: paz, ilusiones. Y nada de eso tenía precio.
Me pasé una mano por el rostro, frustrado. Cada vez que pensaba que podía tener un poco de control, algo se desmoronaba a mi alrededor. Raiden Tanaka no era un nombre cualquiera. Su mención traía consigo un rastro de sangre y muerte. No lo conocía muy bien, pero sabía que no era un enemigo que debía subestimar.
Y si ahora había puesto sus ojos en Nara. Eso definitivamente lo cambiaba todo.
Con la muerte de Hiro Ozaki, Raiden estaba peleando con Cato para tener el control de Tokio y la única forma de ganar era casándose con Nara. La idea me enfermaba, pero no me rendiría fácilmente. Desataría una guerra y abriría las puertas del infierno con tal de proteger a mi chica. Su corazón y su cuerpo eran míos.
Tenía que reforzar la seguridad. Protección. Control absoluto. Nadie la lastimaría en mi ciudad. Planeaba visitar hoy a Aurelio para llegar a un acuerdo. Él y Nao tampoco estaban a salvo. Maldita sea... tantos problemas qué afrontar. Primero Stepanov y ahora los japoneses.
—Un cóctel privado se llevará a cabo este viernes —informó Luciano—. Estará presente el gobernador, varios empresarios y la prensa. Nos conviene buscar a nuevos inversores y demostrar que los tratados en París no eran acertados. No podemos permitir que piensen que hemos perdido influencia...
Mi hermano continuó hablando, pero mi mente volvió a rememorar ese momento en el ascensor. Nara flaqueó en mis brazos, incluso cuando la besaba la sentí distante. Había algo que la estaba carcomiendo por dentro y lo peor de todo era que tenía el horrible presentimiento que se trataba de mí.
¿Ya lo sabía?
¿Sabía quién era yo realmente?
¿Lo había descubierto por su cuenta o alguien se lo había dicho?
Mi mandíbula se tensó. No me había dado cuenta de que estaba apretando los dientes con tanta fuerza. Quería gritar. Romper algo. Salir de aquí y buscarla. Tenerla contra mí, asegurarme de que aún era mía. Porque lo era. Incluso si me odiaba, incluso si tenía miedo, Nara me pertenecía.
—¿Sabes qué? Vete a la mierda—Luciano lanzó las carpetas sobre la mesa—. Esto no está funcionando en absoluto. Llevo hablando como una cotorra desde hace diez minutos y apenas te das cuenta. ¿Qué demonios te pasa hoy?
Aparté la vista del ventanal y me senté en mi escritorio con un suspiro.
—Asiste a ese dichoso cóctel en mi nombre. Tengo otras preocupaciones ahora mismo. No me interesa quedar bien con la prensa ni los políticos.
