Gian
Este maldito día solo se complicaba más y más. Había recibido informes de mi capitán esa mañana: los japoneses acababan de ingresar a Palermo. Tanaka finalmente daba el primer paso. Redoblé la apuesta y ordené aumentar la seguridad en la casa de los Lombardi. Si fallaba en esto, no me lo perdonaría. No podía permitir que Nara o sus abuelos salieran heridos.
Confiaba en mi poder e influencia, pero seguía con la sensación de que algo se me escapaba de las manos. ¿Por qué Tanaka había decidido mostrarse? Antes intentaba pasar desapercibido. ¿Y ahora? Recordé la foto que Thomas había publicado en Diurno. Sospeché que esa imagen de Nara y yo besándonos había encendido la mecha. No me sorprendía. Le habían prometido a mi chica desde que eran niños. Qué ingenuo. Nara era mía y de nadie más. Destruiría Palermo si era necesario para que le quedara claro de una vez por todas.
Chequeé el celular mientras salía de la Corporación Vitale con una carpeta bajo el brazo. Treinta malditos minutos para llegar a la cena que Nara había organizado. Mierda. No había tiempo de darme un baño. El trabajo me había sobrepasado. Reuniones y más reuniones. Nuevos acuerdos en camino. También la aparición de una amenaza que podía volar por los aires mis planes.
Mi camisa estaba arrugada, la corbata pedía un ajuste, pero no me importaba. Debía mostrarme como el dueño de la situación. Todo tenía que estar bajo control. Tanaka no me intimidaba. Él y su gente vinieron a la ciudad equivocada. Le envié un mensaje a Luciano para confirmar los refuerzos en el muelle. Raiden no vino a negociar claramente. Su propósito era arruinar mis negocios. No lo culpaba. Haría lo mismo en su lugar.
Cualquier cosa por Nara.
Después redacté otro correo confirmando mi presencia en la reunión de Berlín en tres semanas. Tantos compromisos acumulados. La distracción de no poder soltar el teléfono apenas me permitió notar algo fuera de lugar. Fruncí el ceño. A mi izquierda había un vehículo que no reconocía. Luces apagadas, motor en silencio, sin patente. Me tensé.
La mayoría de mis empleados se habían ido. De ninguna manera iban a presenciar como su jefe enfrentaba a criminales. Mi arma estaba en la guantera de la Ferrari así que cuando tratara de tomarlo ellos me atacarían sin dudar. Fingí que seguía enfocado en el celular mientras tocaba el control del vehículo en mi bolsillo y desbloqueaba la puerta con calma.
Entré a la Ferrari y busqué en la guantera sin alterarme. Mi mano encontró el frío del arma. La saqué sin prisa, como si no quisiera alarmar a nadie, pero justo entonces la puerta del vehículo desconocido se abrió de golpe.
Mierda.
Un hombre apareció de la nada con la cara cubierta por un pasamontaña. No hubo intercambio de palabras ni advertencias. Simplemente alzó la pistola y comenzó a dispararme. El primer estruendo casi me dejó sordo. Sentí el olor de la pólvora y la bala rozó mi oreja por unos cuantos centímetros cuando estallaron los tiros. Vidrios rotos. La alarma resonando. Gritos de transeúntes. Todo eso en cuestión de segundos.
Me agaché instintivamente y salí de la Ferrari, clavando las uñas en la chapa del coche para orientarme. Mis oídos pitaban. Hice una mueca mientras intentaba concentrarme. Sonaron más disparos. Respondí sin pensar, apuntando hacia la silueta que atravesaba la calle y venía en mi dirección. Apreté el gatillo varias veces. La bala impactó en su pierna derecha y lo vi tambalearse con una maldición en un idioma que no conocía. Japonés.
Otro hombre apareció, cubriéndose con el coche y disparándome. Logré contenerlo con un tiro en el hombro y también en la rueda del vehículo atacante. El sonido del neumático reventando fue música. Exploré el área, buscando más amenazas, aunque por ahora no había más. Tenía que salir de allí antes de que aparecieran otros.
