Nara
Me aferré a las manos de Gian mientras nos mirábamos fijamente. Sus ojos grises se mantuvieron fijos en los míos y vi tantas emociones brillando allí. Anhelo, felicidad, desesperación. También miedo. Un miedo crudo que no intentaba disimular. Le ofrecí una suave sonrisa y apreté sus dedos.
—Respira —susurré—. Estoy aquí. No iré a ninguna parte.
Él asintió.
—Estás aquí y serás mi esposa.
Mi sonrisa se ensanchó.
—Exacto. Solo tuya.
El juez se aclaró la garganta, recordándonos su existencia. Los testigos nos rodearon, alentándonos a completar la unión. Parecía un sueño. Nadie impediría que me casara con el hombre que amaba. Mi apellido esta noche ya no sería Ozaki.
A partir de ahora sería Nara Lombardi de Vitale. Gian tenía razón. Sonaba tan bien. Le dediqué un breve vistazo a los testigos. Kiara y Natasha portaban preciosos vestidos. Violeta y negro. Dos hermosas damas de honor. Cato y Luciano completaban con sus elegantes trajes oscuros. Me encantaba todo. Incluso los perros estaban presentes. Era un ambiente íntimo y único. Todavía me dolía que las personas que más amaba no estuvieran aquí, pero era por una causa justa. Recé para que no me odiaran por dar este paso sin ellos.
El juez se ajustó las gafas en el puente de su nariz y acomodó los papeles entre sus manos. Mi respiración se detuvo un segundo.
—Bienvenidos, damas y caballeros. Estamos reunidos esta noche para dar fe de la voluntaria unión entre dos personas que, en pleno uso de su voluntad, han decidido vincular sus vidas bajo la ley.
Sentí la mano de Gian cerrarse con más fuerza alrededor de la mía. Tragué saliva. Estaba sucediendo. Nos casaríamos. Me casaría a los veintitrés años.
—Señor Gian Vitale —dijo el juez, girándose hacia él—. ¿Acepta usted a Nara Lombardi como su legítima esposa, comprometiéndose a respetarla, protegerla y amarla incondicionalmente?
Gian no dudó ni un segundo. Me miró con adoración, sonriendo tan ampliamente que me dolió el pecho. Mi corazón parecía que iba a partirse en dos. Era demasiado expresivo. Tanto amor en sus ojos me revolvía las entrañas.
—Sí. Acepto.
El juez centró su atención en mí. Oh, Dios. Era mi turno. Iba a llamar esposo a Gian Vitale. Sería suya por siempre.
—Señorita Nara Lombardi —masculló—. ¿Acepta usted a Gian Vitale como su legítimo esposo, comprometiéndose a compartir su vida con él por decisión propia y a sostener esta unión en igualdad y respeto?
Respiré hondo.
—Sí. Acepto.
El juez asintió antes de centrarse en los documentos.
—Habiendo expresado ambos su consentimiento en presencia de los testigos reunidos, yo declaro legal este matrimonio bajo todo el peso de la ley.
Luciano se acercó y le tendió a Gian dos cajitas de terciopelo. Mi esposo las tomó, aunque noté como su mano temblaba cuando abrió la primera y me sonrió nervioso. Dentro había un hermoso anillo de diamante de forma ovalada y con banda de oro. La piedra era enorme, delicado y sofisticado. Me tragué las lágrimas y permití que deslizara la joya en mi dedo anular.
—Es perfecto—susurré y levanté la vista hacia él. Sus ojos grises tenían un rastro de humedad.
—No tuve tiempo de comprar uno. Todo fue tan precipitado—dijo sin dejar de sonreír—. Pero Luciano me recordó que existía el anillo que le perteneció a mi madre una vez.
