Nara
Estaba muy cansada cuando aterrizamos en Palermo durante la noche. Conocer a la familia de Gian había sido maravillosa. Me divertí como nunca y esperaba ansiosa los próximos encuentros, pero ahora todo lo que quería era tirarme en una cama y dormir un día entero.
Me dolía todo el cuerpo. Gian tuvo que cargarme en sus brazos mientras subíamos al ascensor, rumbo a su Pent-house. No tenía sentido quedarme sola en mi antiguo hogar, no sin mis nonnos. Apostaría que Raiden estaba furioso después de las amenazas de Gian.
No lo subestimaba, pero tampoco me intimidaba. Mi prometido había matado dos veces por mí. Y lo seguiría haciendo hasta que no quedara ninguna amenaza. Le rogué al cielo que Thomas fuera lo suficientemente inteligente y dejara de enviarme mensajes.
El desgraciado recordó desbloquearme de sus redes sociales y todo lo que hacía era disculparse.
Lo siento, Nara. Fui un idiota. Actué por celos.
¿Me perdonas?
¿Podemos empezar de nuevo?
Necesitaba el dinero y por eso decidí vender las fotos.
Por favor, Nara, responde. Merezco una segunda oportunidad.
Te extraño...
Al menos Gian no había leído ninguno de sus mensajes ridículos. Ojalá que no. Perdería los estribos y su siguiente víctima sería Thomas. Estaba enojada con mi ex amigo, pero eso no significaba que le deseaba la muerte. Él solo fue un estúpido. Nada grave a comparación de lo que había hecho el difunto De Rosa.
—¿Lasaña con salsa boloñesa? —preguntó Gian, sacándome de mis pensamientos—. Yo cocinaré mientras te tomas un baño.
Acaricié su pecho y suspiré, sonriéndole.
—¿No hay nada en la nevera? Gian, fueron horas de viaje. Mereces un descanso—dije—. Podemos pedir una pizza.
Él frunció el ceño.
—No me tomará mucho tiempo cocinar. Además, se me antoja lasaña. ¿A ti no?
Su mohín casi infantil me hizo sonreír. Si él quería cocinar un plato exquisito yo no me opondría. Los dos salíamos ganando.
—Claro que sí. Estoy hambrienta.
Gian besó mis labios y pasó la tarjeta de acceso por la puerta. Una vez que entramos, me bajó cuidadosamente al suelo y prosiguió a quitarse la corbata. El silencio sepulcral de la sala fue interrumpido por los ladridos de Uma y Rocco. Me agaché a recibirlos con besos y abrazos. Los hermosos perros saltaron, gimotearon, se tiraron en la alfombra. Era la mejor bienvenida que había recibido en mucho tiempo.
—¿Cómo están, pequeños? —inquirí con la voz tonta y aguda—. Espero que no hayan mordido el sofá.
Gian rió entre dientes y le rascó las orejitas a Uma. La perra era más unida a él. Lo amaba. ¿Pero Rocco? Él era mi chico.
—Dejaron de destruir mi mueble cuando les compré dos enormes huesos de goma.
—¿Cómo haces para mantener perros tan grandes en un lugar así?
—Han recibido entrenamiento —respondió Gian—. Les pagué a los mejores para que sean educados. Luca y Luciano conservan a sus propios animales, aunque las de ellos son mucho más salvajes —Se detuvo un segundo, sonriendo ampliamente—. Los Doberman son un símbolo de la familia Vitale.
—Encantador. Soy una amante de los gatos —Envolví mis brazos alrededor de su cuello y lo besé—. Extraño a Cleo. Extraño a mis nonnos. ¿Puedo llamarlos? Quiero saber cómo están. Es la primera vez que pasamos tanto tiempo separados.
