Gian
Había deseado estar a solas con ella desde que la vi en la fiesta. Era difícil mantener mis manos quietas cuando la tenía tan cerca. Su aroma a cerezo me volvía loco y no podía esperar a llegar de una vez a mi casa. Arrancarle ese precioso vestidito era mi principal objetivo.
Nara recostó la cabeza en mi hombro y emitió un suspiro. Casi una semana de tortura dónde creía que no la merecía y que nunca me aceptaría. Me sentí tan afortunado cuando me prometió que se iría conmigo al final de la noche. Ella estaba aquí. Ella me quería. Mataría al próximo imbécil que intentara separarnos.
El fotógrafo mediocre había recibido de una vez su merecido. Si después de esto todavía insistía en ser su amigo era un maldito estúpido, pero una parte de mí no podía culparlo por no tener orgullo ni dignidad. Yo también estaba más que dispuesto a arrastrarme por Nara.
Acaricié su cabello castaño con mis dedos. Era tan suave como la seda. Me consolaba saber que por ahora contaba con la aprobación de su hermano. Cato sabía que era el mejor partido. Yo iría al infierno sin dudar por mi chica. Raiden Tanaka estaría muerto antes de que se atreviera a tocarla.
—Fue un día de muchas emociones —murmuré en voz baja. La limusina seguía moviéndose por las atestadas calles de Palermo—. Aún no me has dicho qué te tenía tan nerviosa. ¿Me he perdido de algo?
Nara se estremeció.
—Nada grave —afirmó, pero yo sabía que mentía.
—Nara...
Se incorporó y me miró fijamente con una dulce sonrisa. Cerré los ojos cuando sus labios conectaron con los míos. Sabía que estaba tratando de disuadirme y se lo permití. Ya averiguaría por mí mismo qué diablos ocurrió en el momento que la dejé sola.
—No quiero hablar de eso, ¿está bien? —dijo entre besos y caricias—. Solo llévame a tu cama y hazme olvidar de todo.
Sonreí en medio del beso, fascinado por escucharla hablar así. Hoy me había sorprendido de muchas maneras. Nunca olvidaría la forma en que me defendió de ese inútil. Se veía tan enojada cuando su amiguito me puso las manos encima. Y aunque parezca retorcido, esa era mi intención desde el principio: empujar a Thomas al límite, obligarlo a quitarse la máscara. Quería que Nara lo viera tal y como era, sin filtros ni pretensiones.
Porque yo lo vi claro desde el primer momento. Ese imbécil no soportaba no ser suficiente para ella. No soportaba haber sido desplazado. No tenía nada que ofrecerle y aun así seguía orbitando a su alrededor como un satélite patético, esperando un gramo de atención. Una migaja. Una segunda oportunidad.
Pero nunca hubo ni habrá lugar para él. Nara me eligió a mí sin pensarlo dos veces. Ella era mía.
Nara rompió el beso y se acurrucó en mi regazo como si fuera su lugar seguro. Deslicé mis dedos por su espalda, trazando líneas sobre su piel mientras el vehículo seguía su curso. Quería creer que a partir de ahora nada ni nadie nos separaría. Estábamos juntos y me aseguraría de que nunca sintiera la necesidad de huir de mí.
Diez minutos después llegamos a mi edificio.
Ni siquiera nos despedimos de Roberto. Fue una sorpresa no tomarla en la limusina. Era demasiado incómodo para todas las cosas que quería hacerle. Le prometí que la follaría duro en mi cama y no me detendría.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, enjaulé su cuerpo contra las paredes y aplasté mi boca contra la suya. Nara jadeó, dándome acceso a su lengua, apretando mi chaqueta entre sus puños. Enganché una de sus piernas alrededor de mi cintura y acaricié sus muslos. Resistí a la tentación de desgarrar su vestido. Por alguna razón sabía que era especial.
