Gian
Ella estaba entrando en pánico. Podía notarlo por la forma en que su pulso se aceleraba y se movía de un lado a otro. Me obligué a calmarme y ser sensato por los dos. Maldita sea. Claramente no había manejado bien la situación. Lo solté como si no fuera gran cosa y su reacción molesta era el resultado.
Imbécil. Imbécil.
Me acerqué despacio a ella, cuidando de no alterarla. Nara no me apartó cuando la rodeé con mis brazos y cerró los ojos. Aspiré el aroma de su pelo porque siempre me transmitía paz. Ella era la calma de mi tormenta.
—Lo siento, lo siento, lo siento—repetí una y otra vez—. Lo que menos pretendía era asustarte.
Apretó sus puños en mi camisa y apoyó la cabeza en mi pecho dónde mi corazón latía frenético.
—No puedo hacerlo—musitó—. Así no.
Acaricié su suave cabello castaño y deposité un beso en su cabeza.
—Está bien. No haremos nada, cariño. Nunca te obligaría a nada.
Nara guardó silencio cuando tomé su mano y la conduje de nuevo hasta la mesa. Me senté, ubicándola en mi regazo y noté cómo su piel se erizaba. Todo su cuerpo estaba tenso y frágil. Quise darme un tiro por haber sido un maldito imbécil desconsiderado.
Respetaba su opinión, no esperaba menos de ella. Habían sido semanas de indirectas, de gestos sutiles que yo fingí no entender. Ella quería formalizar, quería sentir que esto era real y no algo casual. Fue bastante obvia cuando me presentó a su nonno como su novio. Y aun así nunca le hice la propuesta. Nunca hice lo mínimo.
Imbécil.
Merecía su rechazo, merecía este golpe. Pero no me lamentaría el resto de la noche. Tenía que arreglar esta situación. Hacerle entender que no se trataba solo de nuestros sentimientos. Su vida también estaba en juego. Me quería casar con ella porque no me imaginaba el futuro con nadie más. Esa era una de las razones. ¿La otra? Arruinar los planes de Tanaka.
Si Nara portaba mi apellido nadie más la tocaría. Eso era un hecho.
La sostuve con fuerza, temiendo que si la soltaba, desaparecería. No lloraba, pero su silencio lo decía todo. Podía sentir la distancia invisible que crecía entre nosotros. Quise decirle que no pretendía apresurar nada, que lo único que buscaba era mantenerla a salvo, pero las palabras se me quedaron atoradas en la garganta. ¿De qué servía justificarse cuando el daño ya estaba hecho?
Ella levantó la cabeza lentamente y me miró. Sus cálidos ojos marrones lucían tristes, heridos.
—Es gracioso que me pidieras casarme contigo antes que ser tu novia —susurró.
Y me odiaba por ello.
—Discúlpame, preciosa, pero en mi mente tú y yo somos un matrimonio feliz—murmuré, tratando de aligerar el ambiente—. Uma y Rocco son nuestros primeros hijos.
Se cubrió el rostro con las manos.
—Gian, por favor...
—Lo siento—repetí por milésima vez en la noche—. Sabes que mi intención nunca ha sido herirte, ¿verdad?
Asintió, tragándose un sollozo.
—No quiero que te cases conmigo por obligación.
Solté una carcajada incrédula, desinhibida. Fue allí cuando me di cuenta de que había arruinado su confianza. Si desde un principio le hubiera pedido ser mi novia nada de esto pasaría. Era un imbécil. Sí, no me cansaría de insultarme a mí mismo.
