Capítulo 6

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Nara

Estaba segura de que llamar a Gian era lo correcto. Bueno, eso creía al principio. Ahora que tenía la mente fría y logré tranquilizarme quise esconderme. No conocía al hombre. No era mi amigo. No era nadie. Pero él me había dado su número en caso de que necesitara algo, ¿no? Traté de justificar mi comportamiento impulsivo mientras desenvolvía el cannoli y le daba un mordisco. La masa suave y azucarada bendijo mi lengua. Me senté en una banca y miré el estanque de patos. La plaza era una de las más concurridas de Palermo. Había palmeras en todas partes, decorada con fuentes y un lago cristalino. Había mesas de picnic y parrillas para que las familias pasaran el rato.

No sabía cómo salir adelante a partir de ahora, pero lo resolvería. Esto no iba a derribarme. Cumpliría mis sueños y el señor De Rosa se retorcería de rabia. Lamentaría cada humillación y mal trato que me había causado. Confiaba en la justicia divina. Ese monstruo recibiría lo que merecía. Y yo lo vería de primera mano.

No le diría nada a mis abuelos, no hasta que encontrara un nuevo empleo. No quería preocuparlos. La salud de mi nona era delicada aún. Y mi nono era un caso bastante especial. Su reacción no sería civilizada. Temía que cometiera una imprudencia. Era capaz de darle uso a Gregoria. Él odiaba al señor De Rosa y no le daría motivos para matarlo.

Todo saldrá bien.

Lamí los restos de azúcar de mi dedo cuando la sombra de un hombre me cubrió del sol. Me atraganté mientras miraba a nada más y nada menos que Gian Vitale. Y Dios, era la mismísima perfección hecha persona. Mis ojos trazaron su cuerpo, vestido con un traje gris y con la corbata un poco desarreglada.

—¿Está muy bueno? —señaló el cannoli entre mis dedos.

Tragué rápidamente antes de hablar.

—Sí—respondí en voz baja—. El señor Silvano prepara los mejores cannoli.

Se sentó a mi lado y me apresuré a darle un poco de espacio. El roce de sus piernas contra mis rodillas me hizo contener el aliento. Y como era de costumbre desde que lo había conocido, él olía tan bien.

—Los cannoli son mi postre favorito—dijo—. He probado todos los sabores posibles.

Sonreí.

—No creo que ninguno de esos sea tan delicioso como los que hornea el señor Silvano—Abrí la pequeña bolsa de papel en mi mano y le tendí la masa dulce con una servilleta—. Adelante, compruébalo por ti mismo.

Gian arqueó una ceja con una sonrisa.

—Confío en tu buen gusto.

—Prometo que no te arrepentirás.

Hurgó en la bolsa y miró encantado el postre. Él le dio un mordisco y estudié discretamente su reacción: la forma en que tragaba, el movimiento de su mandíbula, su lengua lamiendo la comisura de sus labios. Comer era algo común, pero lucía tan bien haciéndolo. Basta, Nara.

—Mmm... —aceptó con el siguiente mordisco—. Es realmente bueno. Debería hacerle una visita al señor Silvano y preguntarle cuál es su ingrediente secreto.

Mi sonrisa se ensanchó.

—El señor Silvano apreciará mucho más que le compres una docena. Es un hombre trabajador y honesto que mantiene a su familia vendiendo postres en su carro ambulante.

—Bueno, eso suena como una gran motivación. Iré cuando terminemos nuestra conversación—Sus ojos grises reflejaban el tono apagado del cielo. Pálidos, fríos, pero a la vez tan suaves—. Estuviste llorando. ¿Por qué?

Aparté la mirada, tratando de prestarle atención a otra cosa que no fuera él. Aún así fui consciente de su respiración, su aroma, su cuerpo cerca del mío.

Imperio OscuroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora