Capítulo 42

9.3K 1.2K 947
                                        

Gian

El resto de la noche me quedé pensando en cómo se desarrollaría este momento. Había imaginado millones de escenarios posibles, pero nunca creí que vería a Eric así. Arrodillado cerca de su amante, los ojos grises llenos de desesperación. No recordaba haber visto ese tipo de dolor en su expresión. Ni siquiera en el funeral de mi madre.

Mis nudillos crujieron mientras el odio consumía cada parte de mí. ¿Él sí tenía derecho a sufrir? ¿No pensó en todo el daño que nos había causado por culpa de su egoísmo? Bastardo patético. Me encargaría de que sintiera una agonía insoportable. Esto no lo hacía solo por mí.

Era justicia.

—Tic tac, tic tac —chasqueé la lengua—. Los minutos siguen corriendo, Eric. ¿Por qué no estás hablando?

Me sostuvo la mirada, sus ojos cargados de odio e indignación.

—No tengo nada qué decir. Esto es inaudito—espetó—. ¡Soy tu maldito padre! ¡Yo te crié! ¡Yo te di todo! ¡Me debes respeto!

Y para demostrar un punto, intentó ponerse de pie en toda su altura, pero Luciano colocó una mano en su hombro y lo obligó a mantenerse de rodillas. Francesco estaba pálido, a punto de perder el conocimiento.

—La sangre no siempre hace la familia, padre —Me crucé de brazos, sin soltar el arma—. A ti no te importó que fuera tu hijo cuando decidiste traicionarme.

La frustración se apoderó de sus rasgos.

—No sé de qué diablos hablas, muchachito insolente.

—¿No? Permíteme refrescarte la memoria entonces.

El segundo disparo resonó en la habitación. La bala perforó la pierna izquierda de Francesco. El mayordomo aulló, las lágrimas escapaban sin control de sus ojos. La sangre se extendió por el suelo pulido de la oficina, manchando el orden perfecto que tanto le gustaba a Eric. Mi padre soltó un alarido ahogado, protegiendo a su amante moribundo con su propio cuerpo.

—¡Basta! ¡Por favor! —suplicó—. ¡Ya es suficiente! ¡Déjalo!

Lo observé en silencio con el arma aún humeante en mi mano. La escena me revolvió el estómago. La vida daba tantas vueltas. Se convirtió en todo aquel que criticaba. ¿Dónde quedaron sus propios consejos? ¿El afecto no hacía débiles a las personas?

—Qué conmovedor —me reí, intercambiando una mirada con Luciano. La expresión de mi hermano era una máscara en blanco—. ¿Sabes algo, padre? Si me hubieras dicho que lo único que querías era ser feliz con tu novio, todo habría sido muy distinto. Jamás te habría juzgado. Yo no soy así.

—Yo tampoco—añadió Luciano.

Eric abrió la boca y volvió a cerrarla. Su mano estaba en la nueva herida de Francesco, tratando de contener la sangre.

—Mi paciencia se está agotando —dije—. Confiesa tus pecados. ¿O prefieres que la siguiente bala sea dirigida a sus bolas? El pobre Francesco sufrirá muchísimo.

Él tomó aire, dejándola salir con un suspiro tembloroso.

—Francesco no tiene nada que ver con mis pecados. Si quieres castigar a alguien, castígame a mí.

Una carcajada amarga brotó de mi pecho.

—Vaya... ¿Realmente darás la vida por él? —Sacudí la cabeza—. Cuando se trataba de nosotros nunca moviste ni un puto dedo. Nunca diste la cara por tu familia. Al contrario, disfrutabas hundirnos. ¿Qué lo hace especial a él?

Mi padre apretó los dientes. Sus hombros se hundieron.

—¿De qué me sirve hablar? Vas a matarlo de todos modos.

Imperio OscuroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora