Nara
No quería irme tan pronto, no después de todos los momentos compartidos. Estábamos a punto de subir al Jet, pero empecé a retroceder a modo de broma y Gian me atrapó para lanzarme sobre su hombro. Solté una carcajada mientras él subía las escaleras sin esfuerzo. París era la ciudad del amor, sin dudas. Durante dos días me había enamorado de un hombre que me hacía sentir hermosa y especial. No podía olvidarme de cómo desperté a su lado esa mañana. Nuestros cuerpos desnudos aferrados al otro, encajando a la perfección.
Gran parte de mí todavía quería más. Y no me refería solo al increíble sexo. Quería conocer al hombre que se escondía detrás de esa máscara dura ante el mundo, pero conmigo era suave y gentil. Quería algo real. No una casualidad. Era tonto idealizarlo. Gian no era el tipo de hombre que disfrutaba una relación monógama por mucho tiempo y tenía que estar bien con eso. Era mi culpa por haberme hecho expectativas.
Nos pusimos cómodos en los asientos mientras el piloto seguía el protocolo antes del vuelo. Noté que la azafata era diferente a la que nos había atendido la primera vez. Eso me hizo fruncir el ceño, pero no cuestioné. La joven era rubia, esbelta y tenía unos hermosos ojos azules. Su sonrisa era sincera y cálida cuando se acercó a ofrecer sus servicios.
―Agua y sándwich está bien, Jessa ―dijo Gian y me miró―. ¿Qué vas a pedir, cariño?
Volví a derretirme por el apelativo amoroso. Nunca me cansaría de escucharlo.
―Café con panecillos, por favor.
―En un minuto ―La azafata se retiró sin esperar otra orden y me hundí en mi asiento.
Fue un alivio que esta no coqueteara con Gian. Había lidiado suficiente con idiotas que actuaban como si yo no existiera para tratar de llegar a mi jefe. Aún quería matar a Jean Bernoit por intentar tocarlo sin su consentimiento.
―Nara... ―Gian interrumpió el ritmo de mis pensamientos―. ¿Qué sucede?
Tomé aire y la dejé salir.
―Viajar en los aviones es todo un reto ―Me puse de pie y tiré hacia abajo la falda negra. Gian miró mis piernas expuestas con el labio metido entre sus dientes―. Iré al baño un segundo.
―Tómate tu tiempo.
Sus ojos grises seguían en mí a medida que me alejaba y avanzaba apresuradamente hacia los pasillos del espacioso Jet privado. Me parecía una locura que Gian tuviera tantos lujos y privilegios. Todo esto sin llegar a los treinta años. El pensamiento me impactó de repente.
En mi mundo las personas con ese tipo de poder se dedicaban a algo en específico, pero me negué a relacionar a Gian con la mafia. Él había trabajado muy duro para estar dónde estaba. Nunca me había dado la impresión de lo contrario.
Mi infancia se había visto marcada por culpa de una tragedia. Las pesadillas todavía me perseguían algunas noches y despertaba temblando con el recuerdo de mi madre siendo destrozada. Mi pasado horrible me había convertido en una chica insegura y resentida hacia los hombres tan poderosos como Gian Vitale. Pero esa no era excusa para encasillarlo. Él no era como los monstruos que arruinaron a mi familia. Él era amable, paciente y gentil. Me hacía sentir segura, protegida.
Entré al baño, cerré la puerta y me lavé las manos. No sabía de dónde surgieron estas inseguridades y por qué razón. Gian no me había dado motivos para dudar de su integridad. Eran mis traumas haciendo acto de presencia. Él no me lastimaría.
Estaba tratando de apaciguar mis pensamientos cuando apareció ante mí y ahogué un grito detrás de mi palma con el corazón acelerado. Él me miró fijamente como un depredador a punto de devorar a su presa.
