Capítulo 26

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Nara

No podía dejar de pensar en el reencuentro con Cato. Estaba feliz de verlo. Emocionada de recuperar el tiempo perdido, pero me hubiera encantado tenerlo de regreso en otras circunstancias. No porque el heredero de un clan criminal quería obligarme a ser su esposa. Me dolía pensar que volvió a buscarme por obligación.

Sacudí la cabeza y me centré en lo importante. No era momento de reprocharle nada. Ahora más que nunca deberíamos estar unidos. Mi padre estaba muerto y todo nuestro legado corría una feroz amenaza de ser destruido por culpa de los Tanaka. El miedo que sentía era real.

Tenía vagos recuerdos de Raiden Tanaka. Éramos solo niños cuando nos habíamos visto por primera vez. Su padre estaba dispuesto a negociar con el mío por el bien de la paz. Todos querían que Tokio fuera habitable y próspero, pero los Tanaka pronto demostraron sus verdaderas intenciones. Ellos querían destruir a mi familia para controlar nuestros territorios. Con mi padre muerto eso era posible. ¿El problema? Cato era una enorme piedra en sus objetivos y no se detendrían hasta eliminarlo. Con más razón debería sacar fuerzas y enfrentar hasta lo impensable.

No perdí a mi madre para arrodillarme ante los Tanaka. Les daría pelea hasta mi último aliento. Ya no renegaría de mi pasado y mi linaje. Quería una vida normal, sí, pero eso no sería posible con el enemigo al acecho. Mi libertad estaba en juego. También el bienestar de mis nonnos.

Huir no era una opción esta vez.

Era pelear por mi vida o ser sometida a un monstruo.

Las siguientes dos horas me refugié en mi habitación, tratando de distraerme en cosas que no me llevaran al borde de la locura. Miré las fotos que Gian y yo nos sacamos en París. Nos veíamos tan enamorados y felices.

Mi favorita era una que habíamos tomado una mañana, todavía en la cama, apenas cubiertos por las sábanas. Acabábamos de despertar. Tenía las mejillas encendidas, el cabello revuelto y los labios aún hinchados. Gian estaba a mi lado, con los ojos grises iluminados por la luz que se colaba entre las cortinas, los hoyuelos marcados por una preciosa sonrisa mientras miraba la cámara. Yo lo miraba a él. Me descubrí acariciando su rostro en la pantalla, como si pudiera alcanzarlo de algún modo. Como si con solo tocarlo pudiera calmar el dolor en mi pecho. Deseé encontrar el valor de llamarlo. ¿Quién me entendía? Le pedí espacio y ahora todo lo que quería era escuchar su voz.

Era tan estúpida.

Mi mente volvió a torturarse pensando en la conversación que tuve con Cato. Me negaba a aceptar que mi vida se viera interceptada por culpa de un hombre que quería obligarme a casarme con él. Y si tuviera que elegir a alguien sería a Gian sin dudar. Él era mi única opción. Siempre lo había sido. Mis dedos temblaron en su número, ansiosa de marcarle. Pero desistí a último minuto y entré a mi cuenta de Instagram.

Leí algunos mensajes que tenía de Thomas en el buzón de voz. No había visto a ese individuo en casi dos semanas y casi había olvidado su existencia. Sí, yo era una pésima amiga.

Thomas: ¿Cuándo planeas responder mis mensajes? Tengo una propuesta que no podrás rechazar. Tu periodista interior me dará las gracias.

Contesté con la esperanza de que él pudiera ofrecerme un breve escape de tantos problemas. Thomas quizás era el único hombre normal en mi vida. No formaba parte de la mafia, tampoco amenazaba a nadie con escopetas. Solo era un idiota agradable.

Yo: He estado fuera por cuestiones de trabajo, pero aquí me tienes. ¿Qué propuesta?

Thomas: ¿Y no te molestaste en hablarme antes?

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