Nara
Te estoy observando...
Me asomé a la ventana con el corazón agitado y el pánico acorralándome. Miré fijamente las calles en busca de una amenaza real, pero no había nadie. Solo el sonido de la sombría noche. Cerré las cortinas mientras mi pulso seguía frenético.
Raiden me lo estaba dejando claro. Él no quería negociar nada. Él me quería a mí.
Apreté las manos en puños y lancé el celular en la cama. Quería gritar hasta que mis pulmones colapsaran. Odiaba a mi padre. Incluso después de muerto se aseguró de convertir mi vida en un infierno. Me prometió a un monstruo sin darle importancia a mi voluntad. Pero no me derrumbaría. No cuando tenía a Gian. Lo amaba. No quería a nadie más.
Dios mío... ¿Cuántos dramas me perseguirían hoy? Fue suficiente con esa foto que Thomas había publicado en Diurno. Ahora no tenía la energía suficiente para lidiar con un imbécil que se creía mi dueño. Nunca llevaría a cabo el plan macabro de mi padre. Él y sus tradiciones estúpidas no significaban nada. Él me soltó la mano cuando decidió exiliarme, aunque una parte de mí estaba agradecida por esa decisión.
Gracias a mis nonnos aprendí a ser feliz. Vivir en Palermo me llevó hasta Gian.
Sacudí la cabeza y respiré hondo. Ese mensaje no me intimidaba. Solo reforzaba mi decisión. Raiden jamás me tendría. Pelearía con cada parte de mí. Le demostraría que yo no era una moneda de cambio. Le demostraría que yo podía ser su peor pesadilla.
🩷
Al día siguiente me presenté a la Corporación Vitale sin avisarle a Gian. Mi cabello estaba un poco despeinado porque vine en mi motocicleta. Fue demasiado arriesgado con ese psicópata suelto, pero no me limitaría por él. Yo era una mujer libre y nadie me encadenaría.
Caminé con el mentón en alto, haciendo caso omiso de las miradas furtivas. No sabía qué era lo más llamativo. ¿Mi traje rosa? ¿O el hecho de que una fotografía mía besando al CEO de la empresa circulaba por todo Palermo? Me encogí de hombros mientras entraba al ascensor. Mi nonna tenía razón. La opinión de unos desconocidos no importaban en lo más mínimo.
Disimulé la mueca detrás de una sonrisa falsa cuando coincidí con las dos chismosas de la Corporación. Lorena y Bettina. Ambas se veían sumamente emocionadas de verme. Yo no. Lo que menos quería era soportar sus comentarios fuera de lugar.
—Buenos días—murmuré mientras las puertas del ascensor se cerraban.
—¡Nara! —Lorena sacudió su cabello rojo y me dio un abrazo como si me conociera de toda la vida—. Ha pasado tanto tiempo desde que nos vimos, ¿verdad? Pensamos que habías renunciado.
—Ehh... me he tomado unos días de descanso por cuestiones personales —respondí.
Bettina asintió, masticando una crujiente galleta.
—Te ves muy bien de hecho —Me miró de arriba abajo—. Supongo que al ser novia del Jefe tienes ciertos privilegios.
Fruncí el ceño, molesta de que se hubiera tomado el atrevimiento de soltar tal comentario. Yo misma le había dicho a Aurelio que estaba en una relación con Gian, pero era diferente. No me parecía correcto que estuvieran sacando conclusiones.
—No soy novia del jefe —aclaré.
—¿No? —cuestionó Lorena—. Vimos la foto en el periódico.
Apreté los labios. Mi resentimiento hacia Thomas solo crecía más y más. Quería matarlo por ponerme en esta situación embarazosa. Ese traidor de mierda...
