Capítulo 37

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Nara

Hoy era un buen día. Un hermoso y brillante día. Me levanté de la cama con un bostezo mientras me ponía la bata. Cleo ronroneaba muy cómoda en el sillón. Ya no me odiaba por haberla expulsado de su espacio seguro hacía un par de días. Una lata de atún bastó para recuperar su confianza. Me acerqué a la ventana y aparté las cortinas. Y lo que vi a continuación era digno de un cuento de hadas.

Había flores.

Tantas flores...

Una camioneta desbordada de peonías rosas, estacionada justo frente a mi casa. Parecía que alguien había decidido arrancar un pedazo de primavera y dejarlo esperándome. La emoción sacudió mi corazón y me cubrí la boca con las manos. Yo sabía de quién era esta obra.

Gian...

La sonrisa vino a mis labios sin que pudiera evitarlo. Anoche le dije que sí por teléfono después de tantas inseguridades. Dejé a un lado mis miedos y me permití creer que todo estaría bien. No me casaría con Gian por mis propios intereses. Lo haría porque lo amaba sinceramente.

No sería la boda del año. Ni siquiera estaba segura de que lo haríamos por la iglesia o el civil. Lo importante era que estaríamos unidos, tendría su apellido y Raiden no podría llegar a mí de la forma que él quería.

Estaría a salvo.

El celular sonó en la mesita de luz y corrí a contestarlo al ver su nombre con un corazón en la pantalla. Mis mejillas se calentaron de inmediato. Habíamos hecho miles de cosas sucias juntos y aun así solo pensar en él me hacía sonrojar.

—Hola, Gian.

—Preciosa.

Me mordí el labio y regresé hacia la ventana, admirando la camioneta desbordada de peonias rosas. Eran hermosas, pero la cuestión aquí era saber dónde diablos pondría tantas flores. Me daba pena pensar que tarde o temprano se marchitarían. Nada era eterno después de todo.

—¿Cómo estás? —pregunté.

—Mejor que nunca. Me desperté pensando en que soy el hombre más afortunado del mundo—rió—. ¿Y tú?

—Feliz.

—Eso quería oír—dijo—. ¿Te gustó la sorpresa?

—Oh, Gian. Me encantó. Son tan hermosas.

—No tanto como tú.

Me reí.

—Eres increíble.

—Lo sé. El próximo regalo será un anillo en tu dedo.

Tosí con incredulidad, aunque emocionada con la idea. Realmente estaba viviendo un sueño. Ojalá no pudiera despertar nunca.

—No tienes que tomarte tantas molestias. Estás olvidando el fin de este matrimonio.

No lo estaba viendo, pero podría imaginarme su expresión irritada ante el comentario.

—Nos estamos casando porque nos queremos. Esa es la verdadera y única razón.

—Son tantas cosas que digerir.

—Solo disfrutemos, Nara. Es todo lo que nos queda.

Dejé escapar un suave suspiro.

—Intentaré no amargarme.

—Esa es mi chica. ¿Paso por ti a las dos?

—Te esperaré.

—¿Nara?

—¿Sí?

—Te quiero.

Una pequeña sonrisa levantó las comisuras de mis labios.

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