Nara
Fue una semana agobiante, desesperante, triste. Esos días sin oír las bromas y las risas de Gian me hicieron entender que lo extrañaba terriblemente. Mi cabeza me recordaba una y otra vez que él solo me traería problemas si no me alejaba. ¿Pero mi corazón? Sufría su ausencia.
Hoy era sábado y acepté salir con Thomas en el dichoso cóctel privado. Cualquier cosa para distraerme. Ya no quería seguir acostada en esa cama mientras abrazaba a mi gata y me lamentaba por ser una cobarde. Si tan solo pudiera dejar atrás mis miedos... Gian nunca me lastimaría. Estaba más que segura de eso.
¿Entonces por qué me resistía tanto a ignorar mis traumas y entregarme a él?
Traté de no sobrepensar demasiado enfocándome en asuntos más importantes. Podía sobrevivir a un corazón roto, pero no a la persecución de Raiden Tanaka. Si ese infeliz me atrapaba y me obligaba a usar su anillo estaría desecha. Respiré hondo. No estaba sola. Cato seguía cerca, pendiente de mí, lo sabía. Había notado a varios hombres custodiando la casa discretamente. Mis nonnos no se habían dado cuenta. Mejor así. Prefería mantenerlos en la ignorancia. Se estresarían si supieran que mi padre estaba muerto y que mi hermano mayor había regresado por ciertas circunstancias. No los expondría.
Cleo maulló mientras me terminaba de arreglar frente al espejo. Thomas debería llegar pronto. El cóctel de esta noche reunía a la élite de Palermo. Hacía tiempo que no ejercía formalmente como periodista, pero la emoción de tener acceso a una figura como el gobernador despertaba esa parte de mí que aún se sentía viva.
El timbre sonó. Era Thomas. Me apresuré a tomar mi bolso y le eché un último vistazo a mi reflejo. Me veía increíble. El vestido de seda rosa pálido con tirantes de perlas, que me llevó meses diseñar y coser, caía con elegancia sobre mis curvas. Era delicado y sofisticado. Una pequeña obra de arte que al fin vería la luz. Ajusté el abrigo sobre mis hombros y me despedí de Cleo con una caricia rápida.
Salí corriendo de mi habitación para recibir a Thomas. Lamentablemente, Aurelio se me había adelantado. Estaba en la puerta, de brazos cruzados, observando a mi mejor amigo como si fuera una cucaracha atrapada bajo la suela de su zapato. ¿Lo positivo? No tenía la escopeta a la vista. Un milagro.
—Nara es alérgica a las rosas —masculló Aurelio, frunciendo los labios con desaprobación mientras miraba el ramo de flores que sostenía Thomas. Mi amigo soltó una risa nerviosa y se aclaró la garganta.
—No lo sabía, señor. Lo siento.
Sentí las mejillas arderme de vergüenza. Dios, este viejo cascarrabias no se esforzaba ni un poquito en ser amable. ¿Qué daño le había hecho el pobre Thomas además de ser un poco descuidado? Éramos amigos desde hacía dos años. Me sorprendía que no supiera el detalle de mi alergia. Tal vez no lo mencioné. No era gran cosa.
—Me encantan las rosas—intervine con rapidez, cruzando la sala para tomar el ramo antes de que mi nonno dijera algo peor—. Solo que intento no estar cerca de ellas. Gracias por tomarte las molestias, Thomas. Son preciosas.
Él asintió.
—No es nada. Espero que no te afecte.
Le di una sonrisa incómoda.
—No creo que eso pase. Descuida.
Mi nonno seguía lanzándole miradas asesinas. No dijo nada, aunque su ceño fruncido hablaba por él. Se apartó a regañadientes de la puerta para dejarlo pasar. ¿Dónde estaba mi nonna? Probablemente regando a sus chicas. Ella llamaba así a su colección de Bonsái en el jardín.
—Quiero que regreses antes de medianoche, Nara. Y tú... —advirtió Aurelio y señaló con un dedo a Thomas—. Ni se te ocurra pasarte de listo o te cazaré.
