Nara
¡¿Mi hermano estaba aquí?!
Le lancé una mirada llena de pánico a Gian mientras me arreglaba el vestido con manos temblorosas y trataba de estabilizar mis piernas. Sentía el corazón retumbándome en la garganta. ¿Qué pensaría Cato si me viera así? Técnicamente no habíamos hecho nada, pero mi rostro decía otra cosa. Apostaba lo que fuera a que tenía la expresión de una mujer recién follada, aunque ni siquiera habíamos cruzado esa línea. ¿Cómo explicaría mi estado acalorado?
Gian, por supuesto, sonreía como si acabara de ganar la partida más importante de su vida. Esa mirada de satisfacción me daban ganas de golpearlo y besarlo al mismo tiempo. Había caído tan fácil en su trampa y no me arrepentía de nada.
Kiara se había retirado hacía unos minutos para darnos tiempo de prepararnos. Esta fiesta era una locura. Un torbellino de emociones. Primero el enfrentamiento con Ferraro, luego la pelea con Thomas, la reconciliación con Gian y ahora la amenaza latente de que mi hermano nos descubriera así, a medio arreglar y con la tensión sexual todavía flotando en el aire. Genial.
Gemí con resignación y escondí mi rostro en el cuello de Gian, respirando su perfume, buscando una tregua en medio de tanto desastre. Estaba feliz de ver nuevamente a Cato, pero no así.
—Te ves hermosa —murmuró Gian, besando mi pelo—. Relájate. Él no dirá nada.
—Sal primero para no levantar sospechas —Me aparté con un pequeño mohín—. Por favor...
Puso los ojos en blanco, pero todavía sonreía como un idiota.
—Tu hermano es un hombre serio. No dirá nada para avergonzarte.
Había olvidado el detallito de que ellos ya se conocían. Gian sabía tanto de mí y aun así me quería cerca. No le importaba mi apellido, mis heridas, mucho menos mi pasado. Una prueba más de que no podía luchar contra la marea. Era suya.
—Kiara mencionó a su prometida —Negué con la cabeza—. Ni siquiera sabía que Cato estaba a punto de casarse. ¿Cuándo sucedió? Me siento como una extraña en su vida.
Nunca imaginé que algún día vería a mi hermano en esa faceta. Cato siempre había sido un hombre frío, despiadado. Muy apático con la vida. Estaba fascinado con la muerte y la ejecución de sus enemigos. Y ahora... estaba comprometido.
Recordé nuestra última conversación. Había algo distinto en su mirada. Se lo notaba más liviano, feliz. Como si el peso de todos esos años de oscuridad finalmente se hubiera aflojado un poco. Natasha tenía que ser alguien muy especial por haber logrado enamorar al carnicero de Tokio. Sentí una punzada de curiosidad intensa. Me moría de ganas por conocerla. Saber qué clase de mujer había logrado capturar el frío corazón de mi hermano.
—¿Cómo será ella? —inquirí, alzando la mirada hacia Gian—. ¿Por qué su nombre no suena japonés?
Gian se echó a reír.
—Natasha no es japonesa —respondió, acariciando mi espalda con los nudillos—. Es rusa.
Oh, Dios mío... Ahora estaba más intrigada que nunca con esa mujer. Que Cato pusiera sus ojos en una extranjera tuvo que haber sido todo un escándalo. Mi padre nunca lo hubiera permitido.
—¿Rusa? —repetí, parpadeando con sorpresa—. Mi hermano no rompería las tradiciones familiares.
Gian se encogió de hombros con indiferencia.
—Bueno, al parecer esta vez no le importó romper las tradiciones por Natasha. Ya tendrás tiempo de conocerla por ti misma —Se arregló la corbata y tomó el pomo de la puerta—. Te espero en la fiesta. No vas a huir, ¿verdad?
